Una sociedad desorientada

Nada hay más desalentador para una sociedad que sentirse desorientada y en el centro de un torbellino de contradicciones y disputas de la clase política que la representa y dirige.
El complot de aquellos que “planificaron cuidadosamente” el 11 de marzo ha cubierto con creces su objetivo. Hasta esa fecha España era una Nación fuerte y sólida en clave interna y externa. Sólo el terrorismo de ETA y sus más de 800 asesinatos perturbaba la paz y convivencia de los españoles.
Las CCAA, desde su amplísimo autogobierno y autonomía y en base a los principios de solidaridad y cohesión interregional han venido gobernando y administrando los recursos de sus ciudadanos enriqueciendo y fortaleciendo el conjunto de España; las relaciones Iglesia-Estado se desarrollaban con normalidad en un clima de respeto y entendimiento, cumpliendo así escrupulosamente lo que determina nuestra propia Constitución.

Nuestra economía era una auténtica locomotora de Europa, la lucha contra el crimen organizado y el terrorismo, desde los frentes legislativo y de cooperación judicial-penal, fueron una prioridad a nivel europeo gracias al impulso y tesón del Gobierno de José María Aznar y gracias también al entendimiento y consenso entre las dos fuerzas políticas mayoritarias, PP y PSOE; llegamos a liderar, con gran preocupación de Francia, la política euro mediterránea que entre sus objetivos principales rezaba el tratar de poner orden a una creciente ola de inmigración incontrolable y en cooperar en el desarrollo económico y social de los países origen, entre los que se contaba como país prioritario, a pesar de su deslealtad, Marruecos.
Nuestra política atlántica se proponía por un lado fortalecer nuestra presencia empresarial y cultural en los países sudamericanos, mostrándonos beligerantes con las dictaduras castrista y chavista y por otro cooperar activamente en estrechar los lazos de EEUU con la Unión Europea, colaborando eficazmente en la batalla contra el terrorismo internacional.
Lo cierto y verdad es que los españoles se sentían “gobernados” y sólo después de una inusitada y virulenta reacción de la izquierda española a raíz de nuestra participación en la guerra de Irak el clima de convivencia pacífica se fué deteriorando hasta que la tragedia del 11M dio un vuelco definitivo no sólo al Gobierno sino al proyecto de España que desde la transición habíamos venido construyendo con gran ilusión y esfuerzo todos los españoles.
Al día de hoy la incertidumbre se cierne sobre el presente y futuro de España. Los terroristas de ETA y sus “comprensivos colaboradores” ante la ruptura del Pacto antiterrorista entre PP y PSOE vuelven a sonreír y muestran su cara más perversa y ofensiva hacia las víctimas del terror, solo a la espera de hacer el signo de la victoria. El permanente desafío hacía la población católica española, que en numerosas ocasiones se ha sentido y se siente ridiculizada no solo en sus símbolos sino en sus convicciones y creencias, ha deteriorado notablemente el respeto y la amistosa relación que se deben la Iglesia y el Estado.
Se empiezan a detectar los primeros síntomas de retroceso en la salud de nuestra economía, que aunque sigue creciendo, no se ve sustentada en la contención de la inflación o del déficit público, con los consiguientes efectos desestabilizadores para la fortaleza del euro y del conjunto de la economía europea. La convulsión nacional que está originando la reforma del Estatuto de Cataluña hacia un futuro peligrosamente desconocido para la unidad y solidaridad de España están produciendo una inexplicable sensación de que se ha vuelto a abrir el túnel del tiempo, recuperando la “memoria histórica” de aquellos que después de su trágica experiencia pueden estar condenando en el más allá los modos, decisiones y maneras en las que hoy se está desenvolviendo el enrarecido clima político de España.
En Europa hemos dejado de ser un referente del sur en nuestra política mediterránea con el regocijo de nuestro “amigo” Chirac y hemos dejado de ser también un aliado necesario para los “grandes” como Alemania, Francia o Gran Bretaña; nuestra política del continente americano oscila entre un sonoro y abierto distanciamiento con los EEUU y un incomprensible abrazo a las dictaduras tercermundistas de Castro, Chávez o el recién estrenado Evo Morales.
La mayoría de los españoles estamos desorientados y temerosos ante lo que se avecina. Es el momento, igual que en Alemania, de los grandes hombres de Estado y de las urgentes y necesarias alianzas de los dos grandes partidos PP y PSOE, que ostentan la representación de la voluntad mayoritaria de los españoles. En democracia las victorias políticas solo se obtienen en las urnas pero da la impresión que hoy se está librando, de nuevo, una batalla para “derrotar”, al margen de las urnas y de la Constitución, a la “derecha” española, federalizar España y quizás inventar una nueva fórmula de representación del Estado: la Monarquía republicana…

Jorge Hernández Mollar
Ex Diputado al Parlamento Europeo PP