“UNA CONSTITUCIÓN PARA EUROPA”

 

 

Nador (Marruecos) 8 de Diciembre del 2002


INTRODUCCIÓN

 

 

En primer lugar, me gustaría agradecer a la dirección del Instituto Lope de Vega de Nador la oportunidad que me brindan de estar aquí esta tarde con ocasión de la celebración del 24 aniversario de la Constitución española.

 

Nuestra Constitución es la expresión de la voluntad del pueblo español para garantizar valores tan importantes como la libertad y los derechos fundamentales, el correcto funcionamiento de las instituciones del Estado sobre el principio de la separación de poderes como son la Corona, las Cortes Generales y el Poder Judicial y la Organización territorial del Estado.

 

Veinticinco años de paz, de convivencia y de concordia, de funcionamiento de los Partidos Políticos y de alternancia en el Poder avalan la Constitución y avalan también el importante papel que hoy juega España en la Unión Europea y es de la Unión Europea y de su proceso de construcción de lo que hoy quisiera hablarles un poco.

 

Y les confieso que me complace hacerlo en este Instituto, de mucha solera en la vida de Nador y que juega un papel muy relevante en la proyección de la cultura y del conocimiento de España en un país amigo, vecino y unido a nuestra historia como es Marruecos, al que soy especialmente sensible por mi condición de melillense y por haber desempeñado la Vicepresidencia de la delegación para el Zagreb en el PE, lo que me ha proporcionado la oportunidad de contactar no solo con las autoridades del país sino con la propia sociedad civil.

 

Marruecos es un socio privilegiado de la UE, tiene un Acuerdo de Asociación con la UE y todo lo que ocurra en la Unión le repercute directa o indirectamente y viceversa.

 

Hay tres preguntas que es importante hacerse para conocer el proceso de construcción europea: ¿ De dónde venimos?  ¿Dónde estamos?  ¿Hacia dónde vamos?

 

¿ De donde venimos?

 

Venimos de una gran catástrofe humana y económica como fueron las dos grandes guerras europeas y mundiales del siglo XX. Los padres fundadores de Europa como Robert Schuman, Monet, Gasperi sentaron las bases para la recuperación económica de Europa poniendo en común la producción del acero, carbón o la energía atómica y sobretodo garantizar a Europa un futuro en paz.

 

Primera Idea era integrar a Alemania, la gran derrotada, en una Comunidad Europea de sólida estructura y progresar en la recuperación económica, social y política del continente europeo.

 

El Tratado de Roma de 1957 puso las bases para la creación de la Comunidad Económica Europea, el mercado común y en definitiva se “fabricó” la Europa económica.

Otro gran paso se dio en el Tratado de Maastrich de 1992, de la Europa Económica se pasó a la Europa de los ciudadanos, era el momento de ocuparse de aspectos políticos y sociales, de conceptos como la libre circulación de personas, mercancías y servicios, de la Unión económica y monetaria, de la ciudadanía europea y de la cooperación en ámbitos como la política exterior y defensa o la cooperación judicial y penal.

 

 

El ya mencionado Tratado de Maastricht constituyó un hito importante al fundar la Unión Europea: una compleja estructura basada en tres pilares:

  • Uno de ellos de integración, en el que se incluyeron las tres Comunidades preexistentes (CECA, EURATOM Y CE).
  • Los otros dos, de cooperación: siendo el segundo pilar el de la política exterior y de seguridad común (PESC) y el tercer pilar el de la cooperación policial y judicial.

 

En definitiva, se instituyó una estructura compleja en la que claramente se diferenciaba entre aquellos ámbitos en los que los Estados estaban dispuestos a renunciar a parcelas de competencia y aquellos otros en los que se mostraban reticentes a ceder soberanía, si bien, seguían dispuestos a continuar por el camino de la colaboración.

 

El Tratado de Amsterdam, actualmente en vigor, a la espera de que todos los Estados ratificaran el Tratado de Niza, comunitarizó algunas de las materias que se encontraban en el tercer pilar. Concretamente, se creó un nuevo Título IV denominado “Visados, asilo, inmigración y otras políticas relacionadas con la libre circulación de personas”. Además, este Tratado permitió abrir la puerta a aquellos Estados que quisiesen intensificar su cooperación al permitir hacerlo utilizando los procedimientos, mecanismos y órganos, contemplados en los Tratados comunitarios.

 

La <Cumbre de Luxemburgo de 1997 dio un gran impulso a la “Europa social” poniendo en marcha los Planes Nacionales de Acción para el Empleo para coordinar las políticas de empleo y combatir el problema más grave entonces que era el desempleo: Formación, Fomentar el <espíritu de creación de empresas, adaptar el trabajador a las nuevas necesidades del mercado y la igualdad de oportunidades para la mujer y sectores marginados como los discapacitados.

 

La  Cumbre de Tampere de 1999 abordó los problemas de la inmigración, la lucha contra la criminalidad organizada, especialmente el terrorismo y la cooperación judicial y penal en una Europa sin fronteras.

 

         ¿Dónde estamos?

 

Ha transcurrido medio siglo, y los avances han sido espectaculares, a pesar de que también se han atravesado momentos difíciles. A pesar de ello, la Unión es un éxito. Europa vive en paz desde que se inició este camino y junto con América del Norte y Japón, la Unión Europea es una de las tres regiones más prósperas de nuestro planeta. Además, gracias a la solidaridad entre sus miembros y a un justo reparto de los frutos del desarrollo económico, ha aumentado enormemente el nivel de vida de las regiones más débiles de la Unión, que han superado gran parte de su atraso.

 

La entrada en vigor del euro, el 1 de enero de 2002, como culminación de la Unión Económica y Monetaria ha reforzado el sentimiento de pertenencia a un proyecto común de la ciudadanía  europea. Además, la elaboración de una Carta de Derechos Fundamentales, a pesar de no estar aún incluida en los Tratados ha permitido que, por primera vez en la historia europea, se recoja en un solo texto los derechos civiles, políticos, económicos y sociales de todos los ciudadanos europeos.

 

No obstante, hoy día, Europa no es, o no pretende ser, tan sólo una Unión de Estados. En efecto, durante todos estos años, lo que en un primer momento parecía ser tan sólo la puesta en común de ciertos ámbitos económicos, capaces de fomentar la prosperidad del continente europeo, ha dado paso a la conciencia de que andamos hacia un futuro en común no sólo económico, sino también social e, incluso, político.

 

Por ello, no me equivoco al decir que la Unión Europea se encuentra actualmente en una fase trascendental de su evolución:

 

  • Por un lado porque es hora de decidir si estamos dispuestos a dar el paso hacia una verdadera unión política.
  • Por otro, porque debemos hacer frente al mayor proceso de ampliación (por número de países y por consecuencias) en la historia de la Unión.

 

El debate sobre la oportunidad de que la Unión Europea refunda sus Tratados, hoy dispersados, en un único texto, de carácter constitucional, lleva desarrollándose desde hace varios años, pero es innegable que ha adquirido una mayor fuerza desde que el actual proceso de ampliación a los países Europa comenzó su andadura.

 

Son numerosas y diferentes las opiniones que se están vertiendo al efecto, pero de lo que sí hay que ser conscientes es que, se llame o no Constitución Europea, es necesario que los principios, valores e instrumentos de la Unión Europea, hoy dispersos en una amalgama de Tratados de difícil comprensión, sean encuadrados en un único documento que facilite su entendimiento y accesibilidad por parte de la ciudadanía y que haga que, en una Europa ampliada de 25 Estados, la toma de decisiones no se vea entorpecida por burocracias inútiles.

 

¿ Hacia  dónde vamos?

 

 

 

 

 

La Europa de hoy se encuentra en una etapa decisiva de su historia. Culminados el mercado común y la moneda única, a las puertas de una ampliación sin precedentes, tanto por el número de Estados que se disponen a incorporarse a la Unión como por el alto valor simbólico asociado a la plena recuperación para la democracia y la libertad de los pueblos del Este de Europa.

 

Esto nos lleva a una profunda reflexión que al principio estuvo reservada a reducidos medios académicos y que cada vez se escucha más: el uso de las palabras Federación y Constitución al hablar de la Unión Europea. En efecto, si tuviéramos que resumir en una sola frase el reto al que nos debemos enfrentar los europeos sería: es bueno, posible, conveniente y deseable que la Unión Europea se transforme en una Federación de Estados dotada de una Constitución?. Por supuesto, este interrogante es tan antiguo como el propio proyecto europeo, pero jamás había sido formulado en voz tan alta por los máximos responsables de los países implicados, ni nunca había calado tan a fondo en la conciencia de las clases dirigentes europeas la idea de que es hora de dar una respuesta política efectiva a pregunta tan crucial.

 

Es verdad que la UE ya posee en determinados aspectos una Constitución, de la misma forma que presenta rasgos característicos de una Federación. En efecto, los Tratados vienen a ser, y así lo ha establecido en varias ocasiones el Tribunal de Luxemburgo, un texto constitucional que define un sistema de relaciones entre el ordenamiento comunitario y las Leyes Fundamentales de los Estados miembros. Pero también es indudable que la Conferencia Intergubernamental prevista para 2004 deberá llevar a cabo su clarificación, simplificación, refuerzo y plena legitimación democrática y, por qué no, refundirlos en un único texto que asuma las características de los textos constitucionales vigentes en la mayoría de los países europeos.

 

El inicio de este complejo debate puede situarse en el Consejo Europeo de Niza, celebrado del 7 al 9 de diciembre de 2001, y que marcó un hito en el proceso de construcción europea. En efecto, tras duras negociaciones e incertidumbres hasta literalmente última hora, los Jefes de Estado y de Gobierno se pusieron de acuerdo en las líneas generales que debían seguirse en orden a hacer de las instituciones comunitarias un instrumento igualmente válido una vez que Europa pasase a estar formada por 27 Estados. No voy a negar, sin embargo, que el acuerdo estuvo muchas veces a punto de no alcanzarse, incluso que el Tratado que se elaboró a raíz de este Consejo, el Tratado de Niza, ha estado a punto de convertirse en papel mojado. La ocasión más reciente tuvo lugar con el rechazo del pueblo irlandés a que su país ratificase el Tratado, problema que se solucionó finalmente el pasado 19 de octubre, fecha en que tuvo lugar el segundo y último referéndum irlandés que, esta vez sí, se mostró favorable al Tratado.

 

Pero, a pesar de estos contratiempos, el proceso seguía en marcha. La Declaración sobre el futuro de la Unión, recogida en el Acta final de la Conferencia celebrada en Niza, establecía expresamente que: “una vez abierto el camino a la ampliación, la Conferencia solicita un debate más amplio y profundo sobre el desarrollo futuro de la Unión“. Se mencionó ya por primera vez el inicio de un amplio debate en el que se contara con la participación de todos los actores interesados: representantes de los parlamentos nacionales y todos los medios que reflejan la opinión pública, tales como círculos políticos, económicos y universitarios, representantes de la sociedad civil, etc.

 

Según se especificó, los temas en los que deberá girar este debate son:

 

  • La delimitación precisa de las competencias entre la Unión Europea y los Estados miembros.
  • El estatuto que se le va a conferir a la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, proclamada también a lo largo del Consejo Europeo de Niza.
  • La simplificación de los Tratados, de tal forma que se clarifiquen y se facilite su comprensión, pero sin modificar su significado.
  • La función de los parlamentos nacionales.

 

Asimismo, se acordó que este debate culminara con una Conferencia Intergubernamental en 2004, con idea de analizar todas estas cuestiones y hacer las pertinentes modificaciones en el Tratado.

 

La Declaración elaborada en Laeken, durante el Consejo celebrado hace ahora un año, incide sobre todos estos aspectos y aclara que las riendas del debate serán llevadas por una Convención, que reunirá a representantes de los Jefes de Estado o de Gobierno de los Estados miembros, miembros de los Parlamentos nacionales, miembros del Parlamento Europeo y representantes de la Comisión.

 

Los trabajos de la Convención comenzaron el 1 de marzo de 2002 y se prolongarán durante un año, durante el cual irán presentando sus conclusiones los distintos Grupos de Trabajo que han sido creados y, al concluir, será presentado un documento final que servirá de partida para los debates de la Conferencia Intergubernamental, que será la que, en última instancia, adoptará las decisiones definitivas.

 

El pasado 28 de octubre, el Presidente de la Convención, Valéry Giscard d´Estaing presentó un “Anteproyecto de Tratado Constitucional” en el que se recogen muchas de las líneas que va a seguir, previsiblemente, el texto final que adopte la Convención. Este anteproyecto define a la UE como “la Unión de Estados europeos que, conservando su identidad nacional, coordinan estrechamente sus políticas a nivel europeo y gestionan determinadas competencias comunes sobre un modelo federal“. El texto incluye todos los ingredientes de una Constitución: valores, principios, los derechos de los ciudadanos, las competencias de la Unión y de las instituciones que la componen, etc..

 

Otro paso fue dado el pasado día 5, con motivo de la presentación por el presidente de la Comisión, Romano Prodi, de la contribución de esta institución a la Convención sobre el futuro de Europa que, a grandes líneas, continúa teniendo una clara tendencia federalista, generaliza las decisiones aprobadas por mayoría (disminuye las posibilidades del derecho de veto) y refuerza el poder del Parlamento Europeo.

 

Pero el debate sigue abierto: numerosos estudiosos declaran que una Constitución Europea no tiene sentido, ya que, alegan, una Constitución democrática presupone una identidad común primordial que está ausente en la UE, donde las lealtades individuales siguen prevaleciendo. Esta opinión se contrarresta con la realidad, que no es otra que la patente existencia de Europa, que forma parte de nuestro sistema de gobierno, como los municipios, las regiones y los Estados nacionales.

 

 

 

CONCLUSIÓN

 

Es innegable el desafío que se presenta ante Europa. Pero también lo es que en todo este proceso se debe hacer frente a las perspectivas de los ciudadanos. Es preciso que éstos que se sientan próximos a las instituciones, percibiéndolas menos lentas y rígidas y, sobre todo, más eficientes y transparentes, que se sientan partícipes de la toma de decisiones, y, sobre todo, que tengan conciencia del camino que se está avanzando para construir juntos un proyecto común. El ciudadano reclama que la Unión desempeñe un papel más importante en los asuntos que les afectan más directamente: justicia y seguridad, lucha contra la delincuencia transfronteriza, control de los flujos migratorios, empleo, lucha contra la pobreza y la exclusión social y cohesión económica y social. Al mismo tiempo, las dificultades burocráticas que el ciudadano va encontrando en su relación con las instituciones comunitarias hacen que las perciban cada vez más lejanas, inaccesibles y llenas de rigideces. En definitiva, el ciudadano pide resultados concretos y tangibles.

 

Durante el transcurso del debate sobre el futuro de la Unión y su reforma institucional, los viejos argumentos a favor o en contra de la elaboración de una Constitución Europea han reverdecido y se han popularizado. Los impulsores de la propuesta nos recuerdan que a lo largo del último decenio los acontecimientos se han acelerado espectacularmente y los europeos hemos asistido al fin de la guerra fría, al derrumbe del imperio soviético, a la creación del mercado único, a la Unión Económica y monetaria o a la puesta en marcha de un espacio de Libertad, Seguridad y Justicia. Los detractores piensan en la posibilidad de que, con una Constitución, la Unión Europea se convertiría en algo así como un Super-Estado con un importante problema: lograr el equilibrio adecuado entre las instituciones europeas, nacionales, regionales y locales.

 

Independientemente de que este proceso desemboque en una Constitución europea así denominada formalmente o en un Tratado unificado y reformado de la Unión que, será materialmente una Constitución, lo verdaderamente importante será consolidar el proyecto europeo, es decir, que la Unión aborde con ambición de futuro las reformas institucionales que hoy son ya imprescindibles e inaplazables.