Para un militante del Partido Popular, curtido ya en mil batallas políticas desde la transición a nuestra democracia y encasillado inevitablemente en la generación “histórica” que fundó y refundó el centro derecha español, haber asistido  a este 18 Congreso ha supuesto confirmar sin rodeos,  que ya estamos inmersos en una nueva era o sociedad deseosa de innovar tendencias, tradiciones o costumbres de mayor o menor alcance social y cultural.

La Generación sándwich o Generación X que son los nacidos entre 1965 y 1980 junto con los que nacieron posteriormente hasta el año 2000, conocidos como Generación Y,  se han distanciado de tal manera de la llamada Generación baby boomer, surgida a raíz de la segunda guerra mundial, que se ha abierto entre ellas una inevitable grieta social, cultural/religiosa e incluso política.

Por una parte se han terminado por confundir o diluir los valores e ideales que las tradicionales formaciones de derecha o izquierda defendían desde posicionamientos influenciados por la cultura humanista cristiana  o las doctrinas marxistas y socialdemócratas. El devastador efecto corrosivo que ha producido la corrupción moral y económica de muchos de sus dirigentes, ha sido un indiscutible detonante de la desconfianza y rechazo hacia esos modelos de pensamiento y gestión política.

De otra parte el impresionante avance tecnológico de internet ha universalizado las relaciones humanas en cualesquiera de sus ámbitos  políticos, económicos, culturales o sociales, ejerciendo una notable influencia en las nuevas tendencias de estas generaciones. En lo laboral, por ejemplo, el trabajo manual o incluso el intelectual tienen un futuro poco esperanzador ante la incontenible invasión de la robótica. No es baladí que recientemente el Parlamento Europeo haya aprobado un informe para que se contemple por la legislación el rol que ya juegan las máquinas o robots y la inteligencia artificial en el proceso productivo.

Lo cierto y verdad es que los jóvenes de hoy han perdido la fe en las garantías de su bienestar futuro para consolidar unas pensiones que se adivinan inciertas y cada vez con menos poder adquisitivo. El mercado laboral está sufriendo una profunda transformación como consecuencia de la globalización, la tecnificación y la creciente movilidad y temporalidad. No es realista por lo tanto, mantener un sistema de reparto cotización/pensión con el panorama actual y el que se avecina.

A esto hay que añadir que las nuevas tecnologías han hecho añicos las herramientas o medios de los que nos servíamos para obtener información y a la vez comunicarnos. Solo llevando un móvil leemos, opinamos, debatimos y respondemos incluso entre los niveles de más alta responsabilidad política, empresarial o social. Desde mi punto de vista no es muy positivo que estén pasando a un segundo plano las relaciones interpersonales y  que primen las  140 palabras de un twiter para incluso plantearse graves problemas de Estado.

Es  de destacar también que a estas nuevas generaciones no parece preocuparles tanto la privacidad y  la intimidad de las personas. El Gran Hermano escudriña sin pudor nuestras acciones o pensamientos que florecen desde las memorias de nuestros ordenadores o de las nubes que almacenan millones y millones de datos personales esparcidos por todos los rincones de la tierra. Defender el honor y la intimidad se hace cada vez más difícil.

Desde mi modesta opinión entiendo, además, que se está propagando una excesiva exaltación del sexo y un agresivo laicismo que se ha convertido en la seña de identidad de aquellos que enarbolan la bandera de la libertad para imponer su nueva religión civil, al mismo tiempo que la niegan  a quienes defienden su derecho a oponerse por creer que las personas están impregnadas de otros valores éticos y morales.

Para algunos matar a un animal, por ejemplo, es considerado más grave y rechazable que matar a un ser humano a través del aborto.  En  el informe “El aborto en España treinta años después (1985-2015)” que publica el Instituto de Política Familiar se señala que en este período se produjeron 2.103.430 abortos, una cifra superior a la población conjunta de las Comunidades de Navarra, La Rioja y Cantabria. Ante estos datos, alarmarse por el creciente envejecimiento poblacional resulta cuanto menos incongruente.

No deja de sorprender, por ejemplo, las contradicciones  en que incurren aquellos que se alarman por el descenso de la natalidad como pilar básico de la sostenibilidad del estado de bienestar y sin embargo propician con pertinaz entusiasmo el control de la natalidad, las leyes sobre el aborto o  la degradación de la familia tradicional compuesta por hombre, mujer e hijos. Las fuentes de la vida son las que son y desafiar las  leyes de la naturaleza constituye una inútil constante del hombre en su empeño de divinizarse como su creador.

Es innegable que estas nuevas generaciones están adornadas de virtudes muy atractivas y plausibles como la solidaridad, la justicia y el deseo sincero de honestidad en la vida pública. Pero como decía Tony Anatrella en su libro “Non a la société dépressive” publicado en Abril 1993: “Al hacernos cada vez más individualistas. Al desvalorizar los aspectos simbólicos como la moral y  la religión que se ocupan del sentido de la vida, al creer que cada uno puede bastarse a sí mismo y fabricar su propia ley y sus valores, hemos retrocedido. Vivimos como si no hubiera verdades y valores universales. De este modo ya no hay comunicación posible en la sociedad”.

(Publicado en Diario Sur el 23/2/2017)