Una de las cuestiones que más me llama la atención en estos últimos años de nuestra aún joven democracia, es el silencio de las aulas  ante los acontecimientos, retos y problemas en los que nuestros jóvenes universitarios se ven inmersos y que tanto les afecta y condicionará para su futuro

Ni la corrupción política y económica que nos invade, ni los intentos de los independentistas catalanes de fracturar España, ni el desempleo y los bajos salarios con los que tendrán que convivir cuando abandonen la Universidad, amén de los graves problemas que hoy plantean la violencia, la inmigración o el terrorismo, son capaces de despertar, al menos públicamente, la inquietud de nuestros jóvenes intelectuales.

El psicólogo social Jonathan Haldt, profesor de liderazgo ético en la New York University, ha destacado el peligro que supone para la vida académica la crisis de fragilidad que detecta en los campus estadounidenses. Haldt constata que las tasas de depresión y de ansiedad han crecido y atribuye esta vulnerabilidad de los estudiantes a tres causas principales: la exposición a las redes sociales, la polarización de la política nacional y la superprotección en la que han sido criados. Estos síntomas me parece que también son exportables a nuestros jóvenes españoles y europeos, esa vulnerabilidad les hace callar y su silencio lo confirma.