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Que la sociedad de este nuevo siglo está sufriendo una profunda transformación en casi todos los ámbitos de nuestra vida no hay ya  quien lo dude, ni tampoco quien la detenga. La era digital ha roto todas las fronteras idiomáticas, culturales, económicas y sociales que el hombre tenía hasta el pasado siglo.

Ha aumentado considerablemente la capacidad de entendimiento entre las personas porque los idiomas pueden ya  ser traducidos digitalmente y la constante  movilidad entre  ciudadanos de distintas latitudes y continentes por razones laborales o de emigración, permite el intercambio de costumbres, culturas e incluso hábitos que se reflejan en las vestimentas, alimentación o  en las mismas relaciones sociales.

Por otra parte el mundo de la economía y finanzas está sujeto a un vértigo de cambio tan acelerado, que las operaciones o decisiones ya no se adoptan solo en los tradicionales centros financieros como la City londinense o el Wall Street neoyorquino, sino desde un simple ordenador por el que se  se negocia, desde cualquier parte del mundo, incluso con monedas virtuales como las  criptomonedas que utilizan  redes descentralizadas con las que se hacen transacciones e inversiones financieras.

Estamos pues, ante una nueva era  donde un grupo de supermillonarios al margen de los Estados, pueden ya viajar al espacio construyendo sus propias naves o  como Jeff Bezos, antiguo CEO de Amazon, empeñarse en investigaciones millonarias para no envejecer o buscar la inmortalidad. Hay quienes quieren  hoy ser y actuar como dioses, dioses poderosos para controlar no solo  las voluntades, sino también las leyes naturales.

¿Son ellos los que también están invirtiendo en las nuevas corrientes ideológicas que pretenden manipular nuestras mentes con los avances tecnológicos y llegar incluso a dominar y decidir sobre la vida y la muerte? Este endiosamiento es similar al peligro que Dios advertía al hombre :

“El ser humano ha llegado a ser como uno de nosotros, pues tiene conocimiento del bien y del mal. No vaya a ser que extienda su mano  y también tome del fruto del árbol de la vida y lo coma y viva para siempre”. Entonces Dios expulsó al ser humano del jardín del Edén (Génesis 3, 22-23). La humanidad ya sufre las consecuencias de conocer y no diferenciar en muchas ocasiones el bien del mal, ¿estaremos añadiendo nuevos riesgos más destructivos que la pandemia que hoy sufrimos, por tomar del fruto del árbol de la vida?

 

Jorge Hernández Mollar

Nací en Melilla. Licenciado en Derecho, funcionario del Cuerpo Superior de la Administración de la Seguridad Social, Senador, Diputado a Cortes y Diputado al Parlamento Europeo..Subdelegado del Gobierno en Málaga Colaborador del MelillaHoy, Diario SigloXXI,El ConfidencialDigital. La AlternativaDigital, Malagareporter, CanalMálaga, Viva Málaga

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Esta entrada tiene un comentario

  1. Carlos

    Gracias por tan elocuente articulo Jorge.
    Me quedo con la frase final sobre los evidentes riesgos de un endiosamiento que pretenda suplantar las leyes naturales.
    Riesgo que tambien se aprecia con quienes quieren superar las leyes humanas y sociales (nuestra convivencia y Constitucion española por ejemplo).
    La ley natural se escribe para guiarnos en el camino con unos principios y propositos buenos, humanos, armoniosos y universales, y Dios, o un creador o simplemente la evolucion, los tenia y lo consigue.
    Sin embargo, aunque la ley humana y social, mas imperfecta, tambien persigue buenos objetivos, los hominidos prepotentes del antiguo comunismo y fascismo, junto a las modernas izquierdas populistas, neocomunistas y nazionalistas, sin principios ni etica y mentirosas, se consideran por encima de las leyes, y con derecho a experimentar sus locuras egocentricas con el genero humano. ¡¡ Tonto el que les crea !!