Algo inusual empieza ya a moverse en este país cuando un acontecimiento político como el que ha protagonizado Pedro Sanchez, desplaza de las cabeceras de todos los medios de comunicación al Real Madrid flamante campeón de liga de esta temporada.

Los resultados de las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015 nos llevaron a un callejón sin salida, obligando a que el pueblo español tuviera que volver a pronunciarse hace ya casi un año, el 26 de junio de 2016, con un resultado ligeramente diferente del anterior y que como estamos comprobando, mantiene al Estado en una inestabilidad política francamente alarmante.

Si hubiera que buscar un título novelesco a las recientes primarias que ha celebrado el PSOE, ninguno mejor que el de aquella novela del oeste de los años 70 “ El regreso del ahorcado.” Sánchez, revestido de una tenaz y persistente obsesión por echar al PP no se sabe dónde, ha movilizado y convencido  a más de sesenta mil  militantes y militantas de toda España en su cruzada personal y viajera.

Durante todo ese largo periplo intentó exitosamente, hay que reconocerlo,  que  sus compañeros y compañeras descubrieran en él no al líder que iba a fortalecer la unidad y cohesión de España; no al líder que iba a afrontar el grave problema que hoy acucia a la sostenibilidad de nuestras pensiones; no al líder que iba a combatir la desigualdad sanitaria, fiscal y educativa o la politización de la justicia que hoy padecemos los españoles y menos aún al líder que iba a continuar con la senda de crecimiento y creación de empleo que nos exigen nuestros compromisos con Europa. No, ese no era ni es su objetivo.

Pedro Sánchez ha implorado a sus afiliados y afiliadas que descubrieran en él, al líder que acometiera la tarea de algo tan profundamente intelectual y ambicioso como era y es “echar al PP”. Naturalmente ese mensaje tan sólido y comprometido para los intereses de España ha sido y es jaleado y aplaudido por quienes, como los y las de Podemos, le urgen a alcanzar semejante proeza, uniéndose a su virtual moción de censura y presentándola, con estudiada ingenuidad, como sus compañeros de viaje.

Me temo que “el regreso del ahorcado” va a suponer también el regreso a la tediosa cantinela de los primeros meses de la frustrada legislatura de diciembre de 2015. El regreso a las cansinas e inútiles conversaciones en el atomizado parlamento de papel que sufrimos. El regreso también al descuartizamiento mediático protagonizado por los presentadores y tertulianos televisivos que al grito de “echar al PP” sin más, recuperan la razón de su existencia.

Creo que ante este panorama tan poco aleccionador, el partido popular tiene la gran oportunidad de situarse ante la sociedad española  como el defensor de unos principios que  se reclaman, cada vez con más insistencia, desde sus tradicionales y fieles votantes. El respeto a las libertades propias de una sociedad moderna y tolerante como la libertad de expresión, de elección de centros o de libertad religiosa. La disminución real del gasto público con la consiguiente disminución de la carga impositiva, especialmente la que pesa sobre la clase media que siente hoy duramente penalizada sus rentas de trabajo y ahorro.

La nueva ola del PP no parece darse cuenta de que resulta  un grave error unirse a la izquierda radical en medidas proteccionistas del aborto libre y gratuito en lugar de defender el derecho a la vida o dejarse llevar por los grupos de presión, como son los del colectivo LGTB, que preconizan la ideología de género con la intención de desprestigiar la institución del matrimonio civil o religioso entre un hombre y una mujer, manipulando la educación de niños y jóvenes para adoctrinarlos convenientemente.

 Por otra parte la antigua alianza con los socialistas para defender la unidad y la cohesión territorial de España, se vislumbra hoy más débil que nunca y sólo Ciudadanos parece ser un socio fiable para esta empresa. La amenaza de la desconexión de España no es solo cultural, como infantilmente nos quiere hacer creer el nuevo líder socialista, es de naturaleza estatal y gravemente inaceptable para los intereses de los españoles y de los propios catalanes.

Como acertadamente sentenció el escritor y periodista Josep Pla” la patria es dicha, dolor y cielo de todos y no feudo ni capellanía de nadie”.  En esta España nuestra, hay quienes creen que la patria solo coincide con la minúscula visión de su feudo personal e imaginario fruto de una preñez histórica  falsa  e intelectualmente fraudulenta.