Nueva York, Madrid, Londres, París, han sufrido ya el zarpazo del terror yihadista.  Hace más de catorce años , el 11 de septiembre del  2001, el mundo se estremeció con aquellas imágenes aterradoras del dantesco derrumbamiento de las torres gemelas en Nueva York.
 
Dos años y medio después, el 11 de marzo del 2004, Madrid y España entera se oscurecieron;  a los españoles se nos encogió el alma al ver aquellos trenes y estaciones ensangrentadas por pasajeros  inocentes, mutilados y descuartizados. Atocha, hoy, es el permanente recuerdo del crimen colectivo más atroz que los fanáticos y asesinos islamistas  infringieron, por primera vez, en  territorio europeo.
 
Solo un año y cuatro meses después, el 7 de julio del 2005, Londres lloraba también a las víctimas de otro despiadado atentado en su transporte público, ocasionado por la criminal y múltiple explosión de bombas atronadoras  que  activaron inmisericordemente los mismos despreciables asesinos.
 
El 13 de noviembre, catorce años después del primer gran atentado islamista en EEUU, París y toda Europa con ella, han vivido la noche más larga y angustiosa de su reciente historia. Los iluminados terroristas buscaban infringir, una vez más, dolor y eso sí es lo único que consiguieron. Pero Alá, para desgracia y condena infinita para ellos, nunca podrá estar a su lado.
 
Europa, la Unión Europea, vive en estos momentos, el desafío más comprometido desde sus dos grandes tragedias del pasado siglo. Los europeos aprendieron entonces que solo desde la unión, podían superar el gran fracaso que supuso el obcecado nacionalismo fundamentalista que inundó campos y ciudades de millones de muertos.
 
Los más de setenta años de paz que Europa ha conquistado, gracias a las grandes decisiones y principios que en su día adoptaron los padres de la construcción europea, debe ser el referente,  una vez más, para afrontar el gran reto que acecha a la Unión Europea de manos de un nuevo enemigo de la paz ,de  los derechos humanos y de la libertad.
 
Esta guerra no se ha iniciado con los atentados de París. NI EEUU ni Europa parece que comprendieron entonces el mesiánico, a la vez que trágico, mensaje que llevaban aquellos mortíferos aviones en aquel ataque por sorpresa  que dejó más de tres mil víctimas. Era toda una declaración de guerra al mundo occidental.
 
Los europeos, en la parte  que nos efecta, llevamos ya, desde el 11M, tres grandes golpes a nuestra débil línea de flotación: la unión política. Un Consejo Europeo que se declara solidario en las palabras pero indeciso y dividido en los hechos; una Comisión Europea que solo puede ejecutar decisiones de gran alcance si son unánimes y un Parlamento cada vez menos ruidoso, más adormecido y mucho más ausente, no constituyen, precisamente una garantía de solvencia política para los difíciles tiempos que vivimos.
 
Nuestras fronteras son permeables, nuestra defensa no es común y nuestra voz exterior es múltiple. El euro es nuestro único espacio soberano. Quizás sea el momento de ponerse manos a la obra y recordar las palabras de Robert Schumann: “ La paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos equiparables a los peligros que la acechan. Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto, se hará gracias a realizaciones concretas que creen en primer lugar una solidaridad de hecho.” Todavía estamos a tiempo.