Con este pronunciamiento, Joaquín Torra, declaró su voluntad de aceptar el mandato como presidente de la Generalitat en calidad de servil intermediario del fugado Puigdemont. Todo está atado y bien atado  desde la particular “cancillería” del nuevo Führer catalanista que queda a la espera de que su enviado  “Quim Göring” , recupere todo el aparato subversivo del poder para derrotar al Estado represor español.

Sus palabras en el debate de investidura no han podido ser más esclarecedoras. ”Nuestro presidente es Carlos Puigdemont. Seremos leales al programa del 1 de octubre, a la construcción de la república.” No creo que esta taxativa declaración necesite ningún comentario ni interpretación. El gobierno que presida, actuará para instrumentalizar todo el poder institucional de que disponga, con el único objetivo de construir y organizar un nuevo Estado republicano, destruyendo consecuentemente la unidad territorial de España.

“ Impulsaremos un proceso constituyente. Un gran debate real que implique a toda la ciudadanía. Diseñemos sin  apriorismos el país en el que queremos vivir y que deberá concluir con la redacción de una Constitución catalana”. Con esta proclamación además, abre sin duda alguna un proceso constituyente que debe cristalizar en una Constitución catalana ,haciendo ya inaplicable la Constitución española en Cataluña.

Su hoja de ruta está  perfectamente diseñada para atacar al Estado desde sus propios cimientos, perturbando y desequilibrando la convivencia y el desarrollo cultural, económico y político de las regiones y pueblos de España entre las que se cuenta una Cataluña que al menos hasta los delirios independentistas, ha disfrutado, mal que les pese, de la solidaridad, generosidad y comprensión del conjunto de la nación.

Los españoles no somos “carroñeros, ni víboras, ni hienas. Ni bestias con forma humana, que destilan odio”, calificativos con  que nos ha distinguido el presidente electo de la Generalidad en alguno de sus artículos. Son las mismas expresiones con las que  el  régimen nazi distinguía  a quienes les obligaba a lucir una estrella amarilla  para que pudieran ser identificados y no contaminaran a la “pura raza aria”.

Judíos, tarados, gitanos y homosexuales fueron las víctimas de la demencia criminal de un nacionalista exaltado que terminó insuflando a todo un pueblo como el alemán, un odio aberrante y destructor. Purgar las consecuencias de tamaña locura deja una huella tan profunda en una nación, que solo el transcurrir de varias generaciones es capaz de hacer sobrepasar esa trágica historia.

Nadie duda ya de que España está inmersa en uno de los problemas más graves y preocupantes desde la transición democrática. Es la hora de abandonar intereses electorales o partidistas. Es la hora de aparcar inquinas o antipatías personales. Es la hora de que los gobernantes y líderes políticos demuestren  una gran altura de miras, generosidad e inteligencia.

No se puede ni se debe renunciar a ningún medio o instrumento que la Constitución otorga a los poderes del Estado para  hacer cumplir la ley o restablecer la normalidad constitucional. Ni la seguridad, ni la educación ni los medios de comunicación pueden estar en manos de quienes la utilizan para propagar el veneno del desprecio y el odio en la sociedad en la que otros libremente  desean convivir en paz.

Autoridad, firmeza y determinación es lo que los españoles demandamos en estas circunstancias a quienes tiene la obligación desde el gobierno y la oposición de defender la democracia, la libertad y el bien común de los españoles.

 

(Publicado en  El Mundo, Diario Siglo XXI y MelillaHoy)