Según la investigadora del American Enterprise Institute Christina Hoff Sommers, las olas de denuncias  que se han producido en Hollywood por acoso sexual a famosos directores y actores tienen un doble efecto: por una parte persiguen un clima de mayor respeto a la mujer en el ámbito profesional o laboral pero por otra corren el riesgo de originar un clima de pánico ante acusaciones que corren el grave riesgo de acabar culpabilizando a los hombres indiscriminadamente y que pueden incluso afectar a las oportunidades profesionales de la mujer.

La cadena de acusaciones  a famosos del mundo del cine por acoso sexual lleva camino de enlazarse con otras actividades artísticas, como la que nueve mujeres, ocho de ellas curiosamente anónimas, han lanzado sobre el  gran tenor mundialmente famoso Plácido Domingo. Acusaciones que han sido convenientemente publicitadas por la Agencia  Associated Press.

En cualquier caso creo que no podemos ni debemos convertirnos en juzgadores implacables del bien y del mal haciendo gala de un puritanismo cuasi farisaico. El anonimato de las acusaciones y la personalización de solo una de ellas viene a ser como una lapidación pública que recuerda el pasaje del Evangelio de San Juan sobre la mujer adúltera: “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra…mujer si nadie te ha condenado yo tampoco…”, sentenció Jesús.

Todos los humanos sin exclusión, podemos cometer errores  o pecados y algunos de extrema gravedad según las leyes civiles o religiosas, pero para eso nos hemos dotado de las leyes y personas que imparten la justicia humana (no siempre perfecta) o la justicia divina que, por cierto, para los creyentes es más misericordiosa y perfecta ya que, entre otras cualidades, cubre los vacíos y posibles errores de la que impartimos los hombres.

La campaña de acusaciones que protagoniza #MeToo, según la investigadora, arrastra unas consecuencias que pueden inducir a la soledad y al aislamiento ya que los hombres pueden verse abocados a interactuar  en los lugares de trabajo solo en presencia de testigos, para que confirmen que todo ha transcurrido con normalidad sin excesos ni falta de respeto. Pensemos, dice la investigadora, que una mujer puede destruir a un hombre con una acusación falsa y si además, es un hombre con una gran proyección pública como es el caso de Plácido Domingo u otros, la destrucción es irreversible.

Esto no me impide apostillar que el comunicado del tenor me ha parecido torpe e impreciso; su defensa pública no ha sido precisamente su mejor actuación en el teatro de la vida a la que el divo tan acostumbrado está. La justicia ni se comprende ni es eficaz si no es con el hecho de que sus invocantes sean rigurosos en la formulación  de las graves acusaciones que, como las vertidas contra el tenor, han sido mundialmente aventadas por la agencia norteamericana.

Plácido Domingo es un personaje que pasará a la historia por la grandeza de su arte y de su voz como lo han hecho, grandes personajes de las ciencias, las letras o las artes.  ¿Tuvieron miserias humanas?, seguro que sí pero ¿quién tira la primera piedra…? Dejemos que la verdad allane el camino de la justicia sin que sean  los estridentes gritos de la plaza pública quien injustamente la imparta y lo condene. Si un juez o tribunal no le ha condenado, yo tampoco.