Solo observar los gestos, las intemperancias  y la absoluta falta de cortesía y corrección de Donald Trump y el repertorio de sus desaires, me recuerda vivamente la imagen televisiva de Jesús Gil, que con su globalizada panza en el jacuzzi de su imperio marbellí, rodeado de sus vestales, desafiaba al poder del Estado y a las reglas de juego de la democracia en su intento de administrar los intereses públicos con las mismas pautas de actuación con las que había dirigido sus aventuras empresariales.

En su reciente gira por Oriente Próximo y Europa se ha producido la primera contradicción en su forma de encarar la política exterior norteamericana. Paños calientes y comprensión hacia Israel y Arabia Saudita, los dos protagonistas más decisivos en la desestabilización de la región, con una sustanciosa operación financiera para la venta de armas a este último país de más de cien mil millones de dólares y sin embargo una grosera agresividad con Europa, sus líderes y sus instituciones.

El resultado no puede ser más preocupante para los intereses occidentales. Debilitar la OTAN, descolgarse de un Acuerdo importante como es el del cambio climático, enfrentarse con Alemania o despreciar a la Unión Europea como tal es el peor camino para afrontar los desafíos a los que se enfrenta hoy la civilización y cultura occidental, como acabamos de comprobarlo con el último ataque terrorista de los islamistas en Londres, aprovechando la distracción mundial del éxito europeo del Real Madrid en Cardiff.

No podemos ni debemos acostumbrarnos al creciente desorden que supone para todos los ciudadanos del mundo convivir con los crueles ataques del criminal yihadismo terrorista en cualquier rincón del globo terráqueo sea América, Europa, África o Asia. Las generaciones que  desde el siglo pasado sufríamos casi diariamente el zarpazo asesino de ETA, aprendimos que solo con la  unidad, la inteligencia y la determinación se pueden agotar y vencer la capacidad de matar de estas diabólicas organizaciones terroristas.

En España, por ejemplo, la unidad de los demócratas plasmada en el Acuerdo contra las libertades y contra el terrorismo del 8 de diciembre del año 2000 firmado entre PP y PSOE fue decisivo para acorralar a ETA en todos los frentes, arrinconándoles y venciéndoles tanto en el plano nacional como internacional. Atacar sus fuentes de financiación; provocar su deslegitimación internacional; fortalecer la acción eficaz de los servicios de inteligencia y de las fuerzas de seguridad y contar con la colaboración y el apoyo internacional así como con la inestimable comprensión y ayuda de los ciudadanos, puso fin a uno de los períodos más oscuros y trágicos de nuestra democracia.

Con el desorden mundial que se vislumbra en el escenario internacional, esta desunión que se acaba de traslucir en la primera visita del mandatario estadounidense a Europa puede ser el inicio de una muestra de debilidad en la defensa de los principios y valores de Occidente que solo puede beneficiar a quienes tienen el objetivo y  las armas para desestabilizarlo económica y políticamente,

 China se ha lanzado a una gigantesca operación mercantil de compra de bienes mobiliarios e inmobiliarios en Europa, como lo demuestra su reciente adquisición de la mayor plataforma logística europea, Logicor, por un valor superior a los doce mil millones de euros; Rusia desestabiliza Ucrania, se anexiona Crimea y se dedica al espionaje en EEUU; Corea del Norte se rearma en tono amenazante y los países de la “primavera árabe” siguen siendo víctimas de la pobreza y el fanatismo religioso de la yihad islámica, amén de las dramáticas consecuencias que acarrea la creciente migración derivada de la miseria y de los conflictos armados en Afganistán, Siria, Irak u otras parte del mundo.

Henry Kissinger, ex secretario de Estado norteamericano, en un interesante libro que publicó en el año 2014 sobre algunas reflexiones relacionadas con el orden mundial, afirmaba que la realidad de nuestro mundo era el de la inestabilidad regional con su secuela de proliferación de armas de destrucción masiva, desintegración de los Estados, masacres o destrucción medioambiental, lo que hace, necesario para afrontar estos retos, un cierto orden mundial diferente al sistema internacional de equilibrio de las potencias que se estableció a partir de la segunda guerra mundial para alcanzar la estabilidad, aunque no se alcanzase la paz debido a algunas revoluciones y conflictos localizados.

Para restablecer este nuevo orden mundial, hoy bastante deteriorado, Benedicto XVI en su encíclica, Caritas in veritate, propone una verdadera “Autoridad política mundial”, señalando los ámbitos en los que urge su intervención: “ Para gobernar la economía mundial, para sanear las economías afectadas por la crisis, para prevenir su empeoramiento y mayores desequilibrios consiguientes, para lograr un oportuno desarme integral, la seguridad alimenticia y la paz, para garantizar la salvaguardia del medio ambiente y regular los flujos migratorios.”

En su visita al Vaticano a Donald Trump se le vio por primera vez sonriente y casi entusiasmado. Después de su entrevista de treinta minutos cara a cara con el Papa Francisco, éste tuvo que ser lo suficientemente claro y determinante, como para que al despedirse le dijera textualmente “Gracias, gracias. No olvidaré lo que usted dijo.” Sus reacciones posteriores con los mandatarios europeos demuestran o que es olvidadizo o que no ha tenido aún tiempo  de leer alguno de los interesantes libros y documentos con los que le obsequió el sucesor de Pedro.

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