Si de algo se puede y se debe calificar el torneo del US OPEN 2019 del pasado domingo entre Rafa Nadal y el ruso Daniil Medvedev es el de “lucha de titanes”. El moscovita de mirada ausente, gélida e impertérrita y de figura casi quijotesca se enfrentó al cíclope Nadal fraguado en agotadoras batallas épicas que tanta gloria y honores ha venido conquistando para honra y orgullo de su patria mallorquina e hispana.

Una gesta como la vivida durante casi cinco horas de agotadora batalla entre Nadal y Medvedev han demostrado al mundo que la fuerza física, la inteligencia, la resistencia mental, el espíritu de superación y el equilibrio emocional nunca podrán ser superados por máquinas, ordenadores o robots creados por la mano del hombre.

Los antiguos griegos y romanos divinizaban las epopeyas, gestas y combates que libraban sus héroes literarios y cirquenses. El ser humano, bíblicamente creado a imagen y semejanza de Dios, disfruta también de esas esencia divina cuando es capaz de exteriorizar las virtudes y valores que le adornan como en este caso lo han hecho estos dos gigantes del deporte.

Gracias a estos dos superdotados, la mayoría de espectadores que “disfrutamos” de esa apasionante, hermosa y ejemplar lid tenística hasta altas horas de la madrugada ( la tensión que se respiraba era inmovilizante), pudimos olvidarnos de los negros nubarrones que se ciernen hoy sobre la humanidad.

Decía el famoso boxeador Muhammad Ali que “los campeones están hechos de algo que tienen en su interior, un deseo, un sueño, una visión”, Nadal y Medvedev dejaron en la pista el testimonio del deseo, el sueño y la visión de dos grandes héroes que ya han pasado a la historia del deporte mundial.