Elegir a nuestros gobernantes mediante el voto libre y secreto es la esencia de la participación en la gobernanza de nuestros intereses particulares y colectivos. No hacerlo y renunciar a ese derecho es una grave irresponsabilidad que deslegitima a posteriori cualquier queja, protesta o crítica hacia quien ejercita el poder avalado por la confianza de los electores.
¿Qué razones se pueden aducir para no votar? Si es un alto nivel de hartazgo o desconfianza hacia la clase política, eso se traduciría en una renuncia voluntaria a reclamar y exigir a los dirigentes políticos  un cambio en sus conductas a fin de que sean más ejemplarizantes, rigurosos y competentes en la gestión de los asuntos públicos. Un voto es una exigencia para quien es depositario del mismo. Utilizarlo para satisfacer sus intereses particulares y no esforzarse diariamente en defender el bien común de la sociedad que le ha otorgado la confianza es, además de una traición al elector, un descrédito para su propia persona y la formación política que le respalda.
Si  no votar se considera una forma más de manifestar una protesta personal contra el modelo o sistema político y económico imperante, flaco favor se hace a su transformación. El griterío, la algarada y el ruido solo se quedan en la superficie sin profundizar en las raíces y razones del descontento, de la ansiedad o de la gravedad de los problemas. La democracia no es un sistema perfecto pero es el mejor y los partidos son un cauce legal para ordenar la participación política aunque necesitados hoy, eso sí, de una fuerte transformación para permitir una mayor transparencia y democracia en su organización y en la toma de sus decisiones.
España necesita en estos momentos del concurso de todos los españoles para afrontar la más grave crisis de sus últimas décadas y consecuentemente de que se manifiesten el día 20 en las urnas. El gobierno socialista de Rodríguez Zapatero, desde aquel trágico 11M, se propuso revolucionar el Estado y en parte lo ha conseguido. Removió el lodo y cenagal de la historia más trágica de los españoles, sus odios, sus muertos y levantó las tumbas de una guerra civil ya desconocida para nuestras últimas generaciones. Ha tratado, eso sí sin conseguirlo, que la transición se legitimara desde la segunda república, dando un peligroso salto en el vacío y debilitando seriamente la monarquía como jefatura del Estado.
Su proclamado ateísmo, le ha inducido a ser muy beligerante en el intento de arrinconar las raíces cristianas de las familias españolas. Su obsesivo laicismo ha hecho de la sociedad española un campo de batalla para disparar su pesada artillería contra los principios y fundamentos de la religión católica en materia del aborto, la eutanasia, matrimonio de los homosexuales…violentando conciencias e imponiendo por mayoría numérica su particular religión civil.
Pero lo más grave es, sin duda, la endemoniada herencia que lega a su sucesor en el gobierno. Millones de familias con la angustia del paro entre sus componentes. Una nación preocupada por su futuro; unos jóvenes, profesionalmente bien formados, que emigran en busca de trabajo quizás para no regresar; un sistema de protección social debilitado por un gasto desaforado e inasumible y una preocupante caída de ingresos por las altas tasas de desempleo y además de esto nuestro sistema  financiero navegando sin rumbo, adoleciendo de graves problemas de capitalización, sumido en un grave desorden estructural y con una nula capacidad para dinamizar la economía ante la ausencia de crédito e inversión empresarial.
Aun con todo esto, el desconcierto mayor se ha producido en el escenario internacional. La Unión Europea se tambalea en sus cimientos y es innegable que la crisis estructural que padece nos afecta muy directamente. España era un país respetado antes de la era Zapatero, era uno de los motores de la UE y tenía un peso específico en la política atlantista y mediterránea. El riesgo de ser rescatados por nuestra escasa credibilidad y  la desconfianza  hacia nuestra economía, nos ha llevado a ser “gobernados” desde la Unión  ante el empecinamiento de todo el gobierno socialista de negar la crisis, cuando la opinión pública, las instancias internacionales y la propia oposición la advertían una y otra vez.
 La tarea de recuperar la autoestima de los españoles, la confianza en nuestra capacidad para enfrentarnos a los retos del crecimiento de nuestra economía,  la creación de empleo, la reordenación y eficacia de nuestras administraciones, la racionalización del gasto público y  la vertebración y cohesión de nuestras autonomías en un proyecto nacional, será un camino complicado y difícil para el nuevo gobierno.
 Pero si las previsiones  se cumplen y  esta responsabilidad recae en el candidato Mariano Rajoy, sabe que cuenta con un pueblo, que como el español, ha demostrado que en la cultura, el arte, el deporte, las ciencias o en cualquier otra actividad ha sabido conquistar las metas más altas, incluso a nivel mundial. En esa tarea común y con sacrificio, nos debemos sentir todos implicados el 20-N para recuperar nuestra fortaleza y el prestigio de España.