No me cabe duda que algún historiador, con el mejor estilo galdosiano, inmortalizará los recientes episodios de la vida nacional de este siglo. Resulta inaudito  la trascendencia que están teniendo para esta España aturdida y maltratada,  los dos personajes de la izquierda más revolucionaria y agresiva que hemos conocido desde el régimen franquista. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias , marcan todo un hito en la imposible comprensión y asimilación de un gobierno que ahora se ha empeñado en subvertir el orden constitucional.

Desde que Sánchez se instaló en la Moncloa para disfrutar de sus “orgías” de poder, acompañado del comunista Iglesias y de toda la ampulosa cohorte de ministros sumisos, voceros e  instalados en la cúpula celestial, estamos viviendo un vertiginoso cambio hacia no se sabe donde. Todos  pretenden cuestionar y revisar la historia, la Transición, la religión, la familia, la genética, la vida o la muerte, la propiedad, la privacidad y todo aquello que históricamente ha formado parte del acervo cultural de España e incluso de Europa.

Este gobierno “pandémico” hace de la mentira y la intriga su “modus operandi” y lo que es peor aún desde el mes de marzo que se nos “enclaustró” a millones de españoles en nuestros hogares, su empeño ha estado y sigue estando en hacer un barrido en nuestras mentes para dinamitar nuestro sistema constitucional y borrar de nuestras  memorias los años de la Transición  con el solo objetivo de regresar al trágico pasado de la II República que provocó el propio socialismo y comunismo.

Pedro Sánchez miente pertinaz y descaradamente a los españoles y como dice Ralph Waldo Emerson, filósofo y poeta estadounidense “mintió tanto que ya nadie le cree y pide prestado sin que nadie le dé; le conviene irse a donde nadie le conozca”. Si España no se merece a este  gobernante, menos aún puede soportar a Pablo Iglesias, un espécimen de la política engendrado al socaire del 12M que amenaza, conspira y está resuelto a derrocar la monarquía parlamentaria y declarar con el aval de su padrino  Sánchez el advenimiento de la III República.

Cuando un Ministro de Universidades se atreve a profetizar en sede parlamentaria como hizo Manuel Castells que “yo creo que el mundo está en peligro tal y como lo hemos conocido, y no digo que se acabe, pero este mundo sí, este mundo se acaba”, está claro que su propósito y el de su comuna podemita es acabar cuanto antes con el mundo político, social y cultural con el que hemos vivido en España desde 1978. Esta “sinfonía del nuevo mundo” que anuncia Castells, en nada parecida a la de Dvorak, tiene también sus movimientos y cadencias.

El primer “movimiento” del binomio Sánchez/Iglesias es un “adagio o lento”, sobrevenido por una pandemia inesperada que ha desarbolado todos sus planes revolucionarios para incinerar las paginas de la historia de España. Páginas que recordaban el fracaso político y los crímenes cometidos por sus admirados ascendientes en la II República. Remover los restos de Franco ha sido uno de los primeros compases prioritarios del gobierno neocomunista.  Todo  un fúnebre episodio que, desde la fría piedra del Valle de los Caídos vistió de luto a unas generaciones de españoles que, asombrados por el olvido o desconocimiento de lo que sucedió en aquellos tristes años, contemplaban estupefactos las imágenes televisivas del desenterramiento de un  desgarro de nuestra historia más cruenta como fue la guerra civil.

Cumplido el objetivo inicial, he aquí que el virus asiático interrumpe su propósito demoledor de la Basílica y sorprendidos por la cruda realidad de miles y miles de contagiados y fallecidos, se sumergen en una tempestad de decisiones que encogen el corazón y el bolsillo de los españoles. Tres meses de confinamiento absoluto les da tiempo más que suficiente, para gobernar a golpe de decretos-leyes, apagar las luces y voces del Parlamento, gestionar las mentes de los ciudadanos en las televisiones o redes sociales y al propio Pedro Sánchez torturarnos semanalmente, con agotadores discursos al más puro estilo  castrista y chavista, sobre su frustrante gestión de la pandemia.

Ahí quedan, fruto de los tres meses de enclaustramiento, los millones invertidos en mascarillas robadas, defectuosas o ineficaces; las intrincadas  estadísticas sobre los contagios, además de las famosas curvas y picos con las que que el vocero, deportista y artista Fernando Simón nos atizaba diariamente a la hora del desayuno, almuerzo y cena. Pero nada de esto es comparable a los inasumibles fallecimientos de profesionales sanitarios y el de los miles de ancianos abandonados en las Residencias . Con el relato de estos desatinos, no pretendo ocultar la suma gravedad que este virus  está infligiendo a todo el mundo, y que las medidas que hoy padecemos son las aconsejadas por la OMS ya que al parecer y en principio son las únicas válidas para combatir la epidemia hasta que se consiga bendecir científicamente y comercializar la tan esperada millonaria vacuna.

El resultado es que los nuevos dictadores del pensamiento no permiten que “su” gestión sea examinada y debatida democráticamente en el Parlamento ya que seguramente entiendan que también esta institución puede ser “perfeccionable “ al igual que la de la monarquía, tal y como ha sentenciado el prolífico pensador y filósofo  Rodríguez Zapatero. (Continuará)