Hace ya más de veintiséis años, el Congreso de los Diputados tras un amplio e intenso debate de varios meses de duración sobre nuestro sistema sanitario, aprobó en el seno de una Comisión ad hoc presidida por el ex Vicepresidente de Gobierno de Adolfo Suárez, Fernando Abril Martorell el Informe que recibió su nombre. Este informe ya alertaba de “síntomas de agotamiento”, formulando una serie de recomendaciones que siguen aún hoy vigentes.

Podemos destacar tres puntos del acertado análisis que entonces se hizo de las deficiencias del SNS:

1- la Atención Primaria, que tiene la responsabilidad funcional de ser la “puerta de entrada” y orientación principal del sistema de cuidados, continúa en un lento proceso de transformación hacia formas asistenciales más eficaces

 2- el porcentaje del gasto sanitario público que absorbe la Asistencia Especializada aumenta notablemente en los últimos nueve años con un simultáneo descenso del que corresponde a la Atención Primaria;

3- la Medicina Preventiva y la Salud Pública no tienen aún el relieve que les corresponde en una concepción global y moderna de la Medicina, en la educación sanitaria de la población y en la promoción de la salud;

Centrándonos en el presente, el Ministerio de Sanidad ha publicado recientemente la actualización de la Estadística del Gasto Sanitario Público en el Reino de España. La figura que muestra la evolución del crecimiento del gasto en atención primaria y en atención especializada desde 1984, que se inició la reforma de la atención primaria, dibuja desde hace unos años una curva que se va abriendo cada año un poco más.

El gráfico que encabeza este artículo muestra el crecimiento acumulado del gasto en atención especializada y de atención primaria desde 1984 hasta 2015 en el conjunto del gasto sanitario público en todo el Sistema Nacional de Salud.

Como podemos observar en la gráfica, el incremento del gasto sanitario en España es continuo en los últimos 30 años, aunque dicha pendiente se incrementa a partir del año 2001, cuando se transfieren a la mayoría de las CCAA las competencias en gestión sanitaria pública. En esos años el incremento del gasto es espectacular, duplicando el importe del mismo en apenas 10 años. Incluso la pendiente se incrementa aún más en los primeros años de crisis económica (2007/2008), es decir, cuando los gobiernos deberían haber iniciado la toma de decisiones de racionalización del gasto, este escapa completamente de su control.

Sin embargo, llegado el año 2010 y hasta el 2014 se produce no una desaceleración del mismo, sino una bajada, motivada por la crisis económica que el país sufría por dichas fechas. Crisis anteriores, como la de 1992-1997, no había afectado al incremento del gasto, como se puede apreciar. Sorprendente es, sin duda, que, como ya denunciaba el Informe Abril, la disminución del gasto se haya producido de una manera más notable en la atención primaria de salud que en la atención especializada y hospitalaria, aunque esta tendencia finaliza en el año 2015, volviendo en el año 2016 a unos incrementos de gasto similares a los de años anteriores. ¿Hemos aprendido algo en este periodo de crisis?

Pues bien, varios estudios y tesis doctorales publicados en diversas revistas especializadas, ya nos están dando información al respecto. Resulta, según dichos estudios, que la disminución del gasto sanitario en hospitales no solo no redujo los índices de calidad de los principales indicadores sanitarios (reingresos, mortalidad, supervivencia ante determinados procesos quirúrgicos, estancias medias pre y post quirúrgicas, infecciones nosocomiales, y un largo etc.) sino que la calidad en la atención especializada se incrementó notablemente. Parece que la crisis provocó una mejor selección de pacientes con necesidades de atención especializada y que el uso de los recursos fue más eficiente en términos económicos y de calidad sanitaria.

Sin embargo, pasada la crisis, volvemos a caer en los errores del pasado, incrementando el gasto hospitalario de forma innecesaria y dejando de lado a la atención primaria de salud, que es donde deberíamos poner la mayor parte de nuestros esfuerzos

Los grandes expertos en materia sanitaria de la OMS y de los países de la OCDE llevan años hablándonos de cómo va a ser el modelo sanitario del futuro, un futuro que debería ser ya presente:

*Vivimos en una sociedad con una población envejecida, donde se incrementan las enfermedades asociadas a la edad (diabetes, hipertensión, EPOC) y cada vez más personas mayores en situación de soledad y desprotección.

*Si estas personas con estas enfermedades, con una alta prevalencia, son cuidadas en el medio más cercano a su entorno – la atención domiciliaria y la atención primaria de salud- no necesitaran, salvo situaciones coyunturales, asistencia especializada u hospitalaria. Es por ello que los expertos nos indican que debemos elaborar e implementar programas muy potentes de atención a pacientes crónicos y con diversas patologías, centrándonos en los autocuidados de los pacientes, atención domiciliaria y primaria, dejando la atención hospitalaria para posibles episodios agudo.

*Y es ahí donde está el principal problema de la sanidad actual. Estamos invirtiendo mucho dinero en centros hospitalarios obsoletos, e incluso abriendo nuevos centros con un modelo funcional y estructural que ya ha quedado anticuado, no adaptado a las nuevas necesidades de la población envejecida. Aproximadamente el 70% de las estancias en un hospital son provocadas por pacientes que si hubieran sido bien controlados en su domicilio o atención primaria no hubieran necesitado de una carísima atención hospitalaria.

Eso significa que, si atendemos bien a nuestra población en su medio más cercano, una gran parte de las camas que existen en los hospitales serian innecesarias. Este es el gran reto del presente y del futuro.

*Por lo tanto, tenemos que volver a los modelos de atención primaria de prevención, de cuidados domiciliarios y de autocuidados por parte de los pacientes, y utilizar los hospitales de agudos cuando sean absolutamente necesarios.

 

Debemos dirigirnos a un modelo de integración sociosanitario, donde todos los recursos sociales y sanitarios, incluidos los recursos privados, tienen que ir de la mano y evitar duplicar esfuerzos como sucede actualmente. Invertir en la educación sanitaria de la población y en la promoción de la salud es la mayor rentabilidad que a largo plazo se puede obtener para racionalizar el gasto sanitario.

Cuando la mayoría de los países occidentales del mundo, de acuerdo a lo que dicen los expertos, están trabajando en el desarrollo de sus dispositivos de atención primaria, desarrollando políticas de prevención de la enfermedad, de programas de atención de enfermedades crónicas y pluripatológicas, de coordinar sus dispositivos sociosanitarios, en Andalucía estamos caminando en el sentido contrario.

Por otra parte, el Gobierno andaluz está aplicando el recorte de gasto donde es más necesario para apostar por nuevos recursos, perdiendo así una buena ocasión de mejorar nuestra organización sanitaria y la calidad de los resultados en salud a la población. La dirección contraria es incrementar el gasto sanitario erróneamente, como sucede si se apuesta por la atención hospitalaria, indudablemente de mejor venta en los medios de comunicación, pero con escasos resultados en la eficacia de una acertada gestión sanitaria.

No se trata, pues, de gastar más sino de gastar mejor y colocar al paciente en el centro del sistema sanitario.