Decía Maquiavelo que “el pueblo engañado por una falsa apariencia de bien, desea muchas veces su propia ruina y si alguno en quien el pueblo tenga confianza no le persuade, demostrándoles que eso es un mal y donde está el auténtico bien, traerá sobre la república (monarquía) infinitos peligros y daños”

A lo largo de estos “horribilis” meses de cruel epidemia que nos ha azotado, nuestro gobierno socialcomunista ha tenido a bien obsequiarnos con un abanico de palabrejas que como  herramienta de tortura medieval, nos ha aplicado con pertinaz inquina a través de sus medios adictos y subvencionados.

Nuestras mentes han sufrido toda una avalancha de palabras, noticias, mensajes que nos han convulsionado inmisericordemente. Con expresiones como el confinamiento, las “desescaladas”, los picos, las mascarillas y hasta de momento, la última del repertorio como es  la “nueva normalidad”, hemos atravesado un agobiante desierto en la esperanza de una tierra prometida que todavía no terminamos de vislumbrar en el horizonte.

La generación de “alto riesgo” estamos percibiendo una especie de orfandad, de distanciamiento y de enclaustramiento social a la espera de nuestra particular parusía, viendo con profunda preocupación y tristeza  cómo miles de personas conocidas o desconocidas, han partido ya hacia su última estación, sin poder  ser consolados física o espiritualmente ni despedidos por sus familiares y amigos.

He de reconocer y confesar que esta cantinela de la “nueva normalidad”, además de despertarme serios temores, creo que oculta gato encerrado. Es evidente que con los antecedentes ideológicos de este gobierno podemizado, la ruptura de la normalidad democrática que ha supuesto la transición supone necesariamente  la construcción de una nueva. que entierre los principios sobre los que nos hemos educado y formado en estos últimos cuarenta y dos años.

El primero a considerar es el rechazo obsesivo de la educación religiosa y con especial inquina hacia los que profesamos la fe católica. Se está creando una corriente de cristianofobia que pretende confinar a Dios en los templos y en nuestros hogares y lo que es peor aún romper con todos los vínculos que han sostenido secularmente la civilización cristiano occidental: el matrimonio, la familia o incluso la sexualidad como un bien que enriquece y fortalece la relación entre un hombre y una mujer, para que precisamente, entre otras de sus funciones, garantice el crecimiento biológico del género humano, hoy precisamente en serio peligro de recesión.

Se evidencia que  una de las señas de identidad de esta “nueva normalidad” está siendo la exaltación del individualismo, que reduce al hombre a un ser que solo recibe el impulso de sus propios instintos y emociones y que es soberano para definir su propia identidad. En definitiva se trata de imponer la perversa dictadura de la ideología de género que gota a gota va calando en nuestra sociedad y en sus instituciones más apreciadas y queridas. Todo ello con un alarmante silencio e indiferencia de sus responsables.

El segundo principio a considerar es el entramado de derechos y libertades que los españoles nos reconocimos en la Constitución de 1978. Quien no perciba la aviesa intención del directorio Sánchez/Iglesias para abrir un período constituyente, anunciado ya en sede parlamentaria por su Ministro de Justicia como “crisis constituyente”, es que o vive en babia o prefiere permanecer agazapado para posteriormente subirse al carro de la “nueva normalidad.”

Detrás de la prostitución del lenguaje igualitario se esconde una revolución ideológica que pretende la revisión conceptual y terminológica de derechos como el de la vida para imponer la eutanasia y el aborto libre o el de la libertad ideológica para rechazar e incluso condenar aquellas ideologías que se opongan o discrepen de las suyas.

Libertades como la de pensamiento o expresión, están siendo sutilmente cercenadas mediante la invasión, sin pudor alguno, del vasto campo de la información y comunicación. La televisión y los medios públicos son herramientas “orwellianas” que tienen por objetivo destruir el pensamiento que no sea el del “Hermano Mayor”. Por otra parte las ayudas públicas millonarias con las que  han regado los medios privados que presumen de libertad e independencia, han conseguido domesticarlos, sirviendo más dócilmente al nuevo régimen.(continuará)