Hace ya más de dos mil años, un suceso de dimensiones cósmicas convulsionó al mundo. Quizás el ruido y la algarabía de las fiestas navideñas, no nos permite detenernos con un poco de sosiego para preguntarnos qué es lo que verdaderamente ocurrió para que año tras año, los cristianos de toda la tierra celebremos con tanta alegría el tiempo litúrgico dedicado a la Navidad.

A lo largo de estos miles de años nadie ha sido capaz de rebatir históricamente el nacimiento de un niño, en el lugar más humilde y recóndito de la tierra llamado Belén de Judá. Este niño, hijo de Dios, estaba llamado  a impregnar los corazones de los hombres de pensamientos y principios con los que adornar toda su existencia: la verdad, la justicia, el amor, la caridad, el perdón, la paz, la fortaleza, la comprensión…, principios que siguen siendo contradictorios y también causa de enfrentamientos en la humanidad como El ya lo anunció.

Pero ya estamos próximos a terminar estas celebraciones con la llegada y adoración de los Reyes Magos después de un difícil y largo viaje desde tierras lejanas y en el que incluso tuvieron que sortear el malsano deseo de Herodes para conocer el lugar exacto del nacimiento de Jesús con la intención de romper el curso del destino que Dios tenía preparado para su Hijo. Solo la sabiduría de los tres Reyes y la misteriosa inspiración divina impidieron tan abyecta intención.

Quisiera detenerme en los tres regalos que según la historiografía cristiana ofrecieron Melchor, Gaspar y Baltasar al Hijo de José y María y que simbolizan el sentido que hoy también debemos dar a los millones de obsequios que hoy se entrecruzan cientos de miles de familias en todos los hogares que hoy celebran esta festividad.

El oro, como todas las cosas materiales de las que nos rodeamos no son malas en sí mismas. El problema es el apego y el fin que le damos. Un juguete para un niño, por ejemplo, es un divertimento no una herramienta para combatir, luchar y matar a los adversarios como ocurre con tantos juegos imaginarios hoy. No se compra por el solo hecho de consumir sino para  obsequiar, agradecer, y reconocer a nuestros seres queridos y cercanos el cariño y agradecimiento con el que nos rodean.

El incienso representa el sentido que le queremos dar a nuestra existencia. Nada es más fructífero para la sociedad que una vida que sea noble, respetuosa con los demás, comprensible, impregnada por el buen olor de la amistad y que sirva para contrarrestar el ambiente bronco y crispado en el que hoy desgraciadamente nos movemos en algunos ambientes sociales, familiares o políticos y que por cierto es el  origen de muchos desencuentros y enfrentamientos incluso violentos.

Finalmente la mirra es  el signo de una vida sacrificada, lejos de la comodidad y la vida placentera que hoy tanto se busca. El éxito no es el fruto de las circunstancias, el amiguismo o el compadreo para lograr la gloria y el dinero tan efímero como el tiempo si así se consiguiera. Debemos recuperar o imitar el esfuerzo y sacrificio de tantos hombres y mujeres que en el mundo del deporte, las ciencias, las artes o de la iglesia misma han dado ejemplos de generosidad y entrega para conseguir sus metas y objetivos.

Tuve el privilegio de ser Gaspar en uno de aquellos viajes que ya forman parte de una de las vivencias más intimistas e inolvidables con que la vida te obsequia. Las miradas de inocencia y sorpresa de los niños, los juguetes que con mis amigos y compañeros reales Melchor y Baltasar repartíamos a quienes vivían quebrados entre la pobreza y la salud o el permanente griterío que nos rodeaba me  transporta año tras año al humilde portal de Belén para depositar una vez más el oro, el incienso y la mirra de mis intenciones.