El espectáculo que estamos presenciando en España con  las idas y vendidas por los tribunales españoles y belgas, de los principales actores del sainete nacional-independentista catalán no es más que la exaltación de la mentira cínica y calculada utilizada como escondrijo político de las aviesas intenciones de los separatistas encarcelados y fugados.

Hannah Arendt, en su libro Verdad y Mentira en la política, describe perfectamente sus perversos efectos en la vida pública: la mentira, convertida en un elemento sumamente destructor, violenta las conciencias y es muy habitual no solo en regímenes totalitarios, sino también en el llamado mundo libre de las democracias modernas, en las que se produce una imposición ideológica que falsea la realidad para justificar las decisiones adoptadas.

La esperanza es que la  realidad y la verdad acaben derrotando a quienes hoy están utilizando sin pudor alguno la falsedad y el odio para envenenar sentimientos y provocar así un clima de enfrentamiento y división, tan alejado y olvidado ya de aquella Europa totalitaria que  tanta ruina y destrucción originó.