Cada atentado terrorista que sacude nuestras vidas es como si se produjera un jirón en nuestra piel difícil de cicatrizar. Se nos contrae el corazón como una esponja, nuestra mente absorbe las sensaciones de dolor, de ira, de angustia o de pena que la invade desordenadamente y de inmediato se produce un vacío vertiginoso ante la muerte cruel e inesperada de tantos seres inocentes.

De estas sensaciones hemos sido partícipes las generaciones que hemos llorado y rezado junto a los miles de víctimas del terrorismo asesino y criminal de ETA. Hasta el atentado del 11S de las Torres Gemelas, sufríamos y luchábamos en solitario y el mundo era ajeno a las bombas, los secuestros, los chantajes o los tiros en la nuca que en nombre de un falaz “conflicto imaginario” entre la ley y el crimen, arrastraba al pueblo vasco y a España hacia un precipicio inimaginable.

Un solo atentado, el de Miguel Ángel Blanco, inhumano y aún más cruel si cabe que los que el pueblo español había soportado hasta entonces, provocó la reacción inesperada de millones de españoles que con las manos blancas levantadas gritó ¡Basta ya! Ello supuso el punto de partida para una batalla sin cuartel contra el terrorismo desde la unidad y la solidaridad de toda una nación enardecida por el espíritu de Ermua.

Los partidos políticos se unieron en un pacto sin fisuras ni observadores, los jueces aplicaban la ley con rigor y con un gran sentido de la justicia, los legisladores buscábamos las fórmulas y acuerdos en el ámbito nacional e internacional para estrechar el cerco a los terroristas y nuestra Guardia Civil y Policía Nacional y los servicios de información investigaban, perseguían y detenían con determinación, eficacia y no sin riesgos para sus propias vidas a sus más encarnizados enemigos desde el inicio de la democracia.

Pero desgraciadamente España ganó una batalla, pero no la guerra. La existencia del mal en el mundo tiene raíces más profundas que el fanatismo independentista o religioso. Ángelo Panebianco, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Bolonia y comentarista del Corriere della Sera, sostiene que después de cada atentado islamista en Europa se repite la disputa entre dos simplificaciones: unos dicen que “la religión no tiene que ver con eso”, que eso se explica por los intereses materiales; otros sostienen que la religión es la verdadera causa.

El profesor Panebianco argumenta que muchas personas niegan que la guerra declarada, no solo contra otros musulmanes sino también contra los occidentales, sea una guerra religiosamente motivada. Negar que el islam tiene que ver es la actitud más cómoda para quienes, alejados de la yihad, no desean plantearse si la tradición coránica aferrada a su rigurosa interpretación secular no es un obstáculo hoy para entenderse con la sociedad occidental o la causa del desafío yihadista.

Por otra parte, en una sociedad tan descristianizada como es la de Europa occidental es impensable que alguien pueda estar dispuesto a matar o hacerse matar por una fe religiosa. Todo esto no significa que no entren en juego intereses políticos, económicos como ya ocurrió en épocas pasadas en la Europa cristiana en guerras también de religión o en los conflictos actuales de Oriente Próximo.

Pero los recientes atentados perpetrados en capitales europeas, tienen un punto en común muy preocupante: la juventud de sus protagonistas. No son jóvenes reclutados desde la pobreza o miseria de su entorno social o económico. No son jóvenes desintegrados de la sociedad de acogida ni tampoco parece que sean jóvenes asiduos a la práctica religiosa, aunque su fanatismo se los haya inculcado un imam como el de Ripoll, en el caso del reciente atentado de Cataluña.

Si a esto le añadimos que, a diferencia del terrorismo etarra, sus medios de comunicación a través de internet son muchos más sofisticados y veloces y que los métodos para hacer daño a las personas y a la sociedad son tan simples y económicos como camiones, furgonetas, cuchillos o bombonas de gas doméstico, se podría llegar a la conclusión de que sus mentes están sufriendo una distorsión propia del nombre con el que se conoce a las bombas que pretendían fabricar en Alcanar: “la madre de satán”.

Combatir este “mal” está ya siendo de una complejidad hasta ahora desconocida. No se le podrá vencer si no llegamos al convencimiento de que hay que combatirlo con la cooperación y unión de toda la sociedad nacional e internacional que es el objetivo de su destrucción y también del mundo árabe, musulmán o cristiano, que está siendo tan castigado o más que el mundo occidental.

Entretenernos en las minúsculas y decepcionantes guerras de competencias entre administraciones o manipular el atentado y las víctimas para sacar rédito político produce un gran desasosiego entre la ciudadanía que no comprende que, ante las brutales agresiones contra su vida y su derecho a vivir en paz, la respuesta de los gobernantes no esté a la altura de la gravedad y complejidad del problema.

O nos preparamos con todos los medios e instrumentos legales, éticos y morales para esta batalla tan desigual o haremos buena la conocida frase del parlamentario británico Edmund Burke: “Para que triunfe el mal, solo es necesario que los buenos no hagan nada”