El pueblo católico, los coptos, ortodoxos y la mayoría de las Iglesias protestantes celebramos en todo el orbe cristiano la cuaresma o los cuarenta días de preparación para la fiesta de Pascua.

Instaurada como tal en el siglo IV, este tiempo litúrgico, que arranca con el Miércoles de Ceniza en el rito latino, se caracteriza por rememorar durante seis semanas las vivencias más intensas de la humanidad de Jesucristo que transcurrieron desde las tentaciones en el desierto, su preparación con el ayuno y la oración para iniciar su ministerio público y afrontar el sufrimiento anímico y físico que iba a padecer hasta su extenuante muerte en la cruz.  Su resurrección,  como Dios señor de la vida y de la naturaleza, da sentido al sufrimiento humano y al misterio del agotamiento de nuestra existencia en la tierra.

La libertad de la que disfruta el hombre le permite prescindir de cualquier sentido religioso de la vida e ignorar o negar la existencia de un Dios creador que redime al hombre de su ignorante soberbia en un momento determinado de la historia de los tiempos. Sin embargo la incomprensión del misterio de la redención no puede encontrar justificación en la negación de unos hechos reales que avalan la existencia de un hombre, hijo de Dios para los creyentes, que pasó haciendo el bien, curando enfermos, consolando los afligidos y pregonando la paz y el amor frente a la guerra, la venganza y el odio, males que son tan  habituales en la sociedad actual.

Hoy son tiempos confusos y difíciles para vivir desde las enseñanzas evangélicas la fe cristiana que, desde hace ya más de dos mil años, se viene transmitiendo a millones de hombres y mujeres de todos los continentes. Desde aquel modesto hostal de Belén  a las grandes urbes del siglo XXI de todo el mundo, el hombre actual se ha revestido de tal poder y vanidad  que cada  día se aleja más del sentido trascendente de su vida y se acerca, por el contrario, al frívolo y superficial  transcurrir de su corta existencia como una fatal realidad que se convertirá, por el tiempo o el fuego,  en el polvo que nos recuerda el principio y fin de la materia.

Es por ello que haríamos bien en este tiempo cuaresmal, además de cumplir con los preceptos y recomendaciones  que la Iglesia establece en este tiempo litúrgico, aprovecharlo para descubrir a los “falsos profetas” que nos rodean como les llama el Papa Francisco en su Mensaje de preparación para esta cuaresma: Son como “encantadores de serpientes”, o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad.

 

 

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