He de reconocer  mi perplejidad por lo que se ha vivido estos días en el Congreso de los Diputados a cuenta de la fallida moción de censura de Santiago Abascal y que ha originado una tormenta política de inciertas consecuencias para el espacio electoral que hoy ocupan los tres partidos mayoritarios de la oposición.

Para quienes hemos tenido el privilegio y el honor de haber ocupado uno de los escaños del Palacio de Las Cortes, y en mi caso haber sido al mismo tiempo protagonista y espectador en múltiples sesiones parlamentarias durante los años difíciles y trabajosos frente al rodillo aplastante del partido socialista, no deja de resultar sorprendente que una moción de censura al gobierno  revierta en una censura inmisericorde al segundo partido de la oposición y sobre la cabeza de su candidato a la presidencia del gobierno.

El giro copernicano de Pablo Casado nos ha cogido con el pie cambiado a destacados cargos y militantes de su partido, a los medios de comunicación y posiblemente también a los agentes económicos y sociales más relevantes de nuestro país, pendientes todos ellos de medir el clima político de los representantes de nuestra soberanía ante una de las mayores catástrofes sanitarias y económicas de España de los últimos tiempos.

Ha llamado la atención la contundencia y energía vital que puso en la defensa de sus argumentos para desmarcarse y hacer una crítica ácida de los postulados de Abascal en algunos de sus principios programáticos por considerarlos erróneos y disparatados, además de unas innecesarias alusiones personales, que parecían ser producto  de un enervamiento por los permanentes ataques sufridos en los dos últimos años.

Como el propio candidato reconoció y la expresión de su cara así lo manifestaba se quedó sin fuerzas para ningún debate dialéctico. Me recordaba cuando desde esos mismos escaños un grupo de senadores contemplábamos desolados, como Hernández Mancha era noqueado sin piedad por Felipe González en aquella  errónea moción de censura y que lo arrastró al final de su aventura política. Claro que entonces los protagonistas eran oposición y gobierno.

Estos avatares y lances parlamentarios que abren heridas, incluso personales, pero que después se cierran en el tiempo cuando los intereses del poder lo exigen, no son quizás lo más relevante de lo que  ocurrió en el Congreso. Lo verdaderamente importante, fue el mensaje que  dejó el presidente del partido popular a sus militantes, a la oposición y al gobierno: se ha cerrado una etapa y se ha abierto otra en la vida del partido.

La nueva generación del partido socialista desde una izquierda radicalizada por influencia de sus lideres y de sus socios de gobierno –comunistas y separatistas- ha dinamitado la transición y ha abandonado los principios de la socialdemocracia que le infundió Felipe González.  La del partido popular ha dejado aparcada definitivamente los fundamentos del humanismo cristiano que era el eje de la refundación de las tres corrientes que aunó Manuel Fraga –la derecha conservadora, la democracia cristiana y los liberales- y busca ahora  convertirse en un  partido centrista que quiere aglutinar sectores de la derecha o de la izquierda con el señuelo político de la moderación o el reformismo.

Pasados los efluvios del debate con la lógica desazón y enfado de los militantes y votantes de Vox y la  excitante alegría de los del Partido Popular, a Pablo Casado le corresponde ahora la doble y nada fácil tarea de sumar  los millones de votos suficientes para  liderar en su día la real alternativa al peor gobierno socialcomunista de la democracia y la de armar una estructura de partido nacional y regional con lideres “sólidos” y preparados profesional y políticamente como en su día lo hicieron sus antecesores. Debe también cooperar activamente en abandonar lances inútiles entre la oposición y esforzarse en recuperar los márgenes de concordia perdidos, especialmente entre sus líderes.

España exige hoy a Pablo Casado que tenga capacidad para trasmitir seguridad y confianza en la población, que interpele al gobierno con  la misma firmeza y contundencia que ayer empleó contra Abascal, para que que ponga fin a la pesadilla y caos que nos invade y que defienda la Constitución  y sus instituciones, con autoridad y sin titubeos, frente a quienes quieren desmantelar y destruir una nación orgullosa de su pasado.

Como se ha comprobado, la Unión Europea no quiere entre los socios de su club a quienes ponen en peligro las libertades, proponen reformas que desvirtúan la independencia de los poderes del Estado y desestabilizan la política monetaria y económica del conjunto de la Unión. Solo bajo el paraguas de la Unión está garantizada nuestra democracia y los valores que nos unen. Cuanto más fuertes seamos en Europa mejor defenderemos nuestros principios y valores constitucionales.

Por otra parte es obligación de la oposición exigir al presidente del gobierno que por su incapacidad manifiesta para liderar la gestión de la mayor crisis sanitaria y económica de España dimita por el bien  común de los españoles y se marche de una vez, como machaconamente se lo repetía Aznar en el Congreso a Felipe González. Millones de españoles esperamos y deseamos hoy, que Pablo Casado señale a Pedro Sánchez el mismo camino en el Parlamento y que resuene ese ¡hasta aquí hemos llegado! con más energía, si cabe, que la utilizada con el sorprendido y abatido Santiago Abascal.