ERA DE ESPERAR

Era de esperar, verano, Sáhara, pateras…terreno abonado para que una vez más el rey alauita en su desesperación por sus problemas internos y endémicos de pobreza, desgaste del cáncer sahariano y radicalización islamista se intente cebar con lo más fácil y próximo: la recurrente e inútil reivindicación de Melilla y Ceuta.
Ahora resulta que la policía española es racista y maltratadora. Esas quejas al Gobierno español además de un sarcasmo demuestran la arrogancia y la desvergüenza de quien acusa, sabiendo que en la frontera marroquí los policías marroquíes son quienes precisamente abusan y desprecian a sus propios compatriotas y que son habituales los “peajes” que tienen que abonar quienes pretendan “comerciar” legal o ilegalmente más allá de sus propias fronteras.
Mohamed VI es un rey que no “quiere” a España. Su afrancesamiento le ha llevado siempre a buscar más la protección y el consejo de París que de Madrid. Los Gobiernos españoles, por el contrario, siempre han deseado y se han esforzado por mantener unas relaciones próximas y cordiales con Marruecos por razones de vecindad e interés mutuo.
Pero este Rey alauita ha preferido y prefiere mantener una permanente tensión con España. Primero fue su frustrada negociación del acuerdo pesquero con la UE que la propia Comisión europea denunció por la torpeza y descortesía permanente de los negociadores marroquíes, luego la aprobación de los Estatutos de autonomía de Melilla y Ceuta, la inmigración ilegal, la posición española sobre el Sáhara, siempre coherente con la resolución de la ONU y finalmente el desgraciado asunto de la isla de El Perejil que no fue más que el resultado de una nueva provocación del monarca marroquí.
Designar como embajador en España a un saharaui que no conoce Marruecos –solo lleva un año residiendo en aquel país- es un despropósito monumental además de una insulto a la inteligencia. Es un gesto descortés y de nula sensibilidad diplomática, es casi un acto de enemistad manifiesto e innecesario. Marruecos “necesita” llevarse bien con España que además de ser vecino es un Estado democrático, europeo y desarrollado social, económica y políticamente a pesar de las difíciles circunstancias actuales que gracias a nuestro sistema democrático de alternancia en el poder superaremos.
Es por eso que el Gobierno español debe enviarle a Marruecos un mensaje de calma y sosiego, sí, pero también de firmeza en la convicción de que el camino que escoge es el peor para un buen entendimiento. España por sus obligaciones derivadas del acuerdo Shengen está obligada a defender y proteger sus fronteras con terceros países, a no aceptar amenazas que atenten contra su soberanía y a exigir un trato cortés y respetuoso de países que, como Marruecos, tienen además un trato preferente con la UE.
Los españoles no debemos caer en la tentación de pensar que con Francia, el Rey Mohamed VI no se atrevería a actuar como lo hace con España y ese mal pensamiento solo puede ser rechazado si el Gobierno español actúa con rapidez y firmeza cuando se le provoca. El buenismo y pacifismo en política exterior es muy arriesgado, por eso hay que, manteniendo las buenas formas , saber de vez cuando plantarse y saber trazar la frontera que no conviene atravesar en las relaciones diplomáticas y desgraciadamente Marruecos las traspasa con frecuencia.
Está bien que de Rey a Rey se llamen pero es mala costumbre acostumbrar al Rey marroquí a orillar a quien en una democracia parlamentaria ejecuta y dirige los intereses de España como es el Gobierno, su Presidente y sus ministros, por cierto ¿alguien sabe dónde está el inefable Moratinos…?

Jorge Hernández Mollar