Si hay algo que está caracterizando a la sociedad española en estos últimos tiempos, es la alarmante acumulación de sobresaltos por hechos que son ya síntomas claros de un cuerpo enfermizo y afectado muy seriamente por un   desorden ético o moral.

Los abundantes casos de violencia doméstica, familiar o de género, la desaparición de menores en extrañas circunstancias, la creciente ingestión de alcohol en adolescentes y jóvenes con trágicos resultados en algunas ocasiones o la corrupción moral, económica y política que inunda especialmente los platós televisivos y las redes sociales, están creando un clima de crispación y desasosiego que puede alterar y de hecho lo está haciendo, la paz y convivencia sociales.

El último acontecimiento que nos ha sorprendido dramáticamente ha sido la inesperada muerte de Rita Barberá en la fría soledad de la habitación del Hotel donde habitualmente pernoctaba y que ha originado una convulsión sin precedentes en la clase política y en la opinión pública.

Su infartado corazón ha sido la consecuencia de la débil resistencia de una persona que vivía acosada y acusada sin piedad por algunos  medios de comunicación; insultada y vituperada al entrar o salir de su propio domicilio por grupos de personas expresamente incitadas para ello; injuriada y calumniada en las redes sociales y exiliada del partido con injustas e interesadas motivaciones por parte de algunos sus dirigentes.

El ser humano corre el riesgo de ser reducido a un mero engranaje de un mecanismo que lo trata como un simple bien de consumo para ser utilizado, de modo que – lamentablemente lo percibimos a menudo –, cuando la vida ya no sirve a dicho mecanismo se la descarta… . Estas ilustres palabras del Papa Francisco en su discurso ante el Parlamento Europeo son expresivas del peligroso reduccionismo al que hoy se está sometiendo a las personas en distintos ámbitos de nuestra vida social.

El significado del trágico final de Rita Barberá va mucho más allá de un debate ya extemporáneo  sobre el reconocimiento de la presunción de inocencia o el de haber sido víctima de la exigida ejemplaridad en la lucha contra la corrupción para pactar una investidura. El calvario que ha sufrido Rita, es la demostración más palpable de que hemos desvalorizado el ser humano a la categoría de un “bien de consumo” que puede ser utilizado  a conveniencia de unos u otros.

Circula por las redes unas palabras que ella dirigió a la Virgen de los Desamparados, patrona de Valencia, en su toma de posesión como Alcaldesa en el año 1991 pidiendo su protección “ No me desampares en el tribunal de Dios”. Premonición o casualidad es indiferente, porque posiblemente en sus planes no había previsto que sería condenada por el tribunal de los hombres antes de ser juzgada.

Al hilo de este triste acontecimiento lo verdaderamente útil de su desgraciado fallecimiento es que seamos capaces de recapacitar qué valor le estamos dando a la vida humana en una sociedad que parte de ella, solo la contempla como un accidente de la naturaleza y por ende sujeta a un peligroso individualismo egocéntrico que crea sus propios dioses alrededor de un mundo limitado en sus intereses más próximos, como pueden ser el dinero, el poder o el sexo y que excluye, por lo tanto, el tránsito hacia una vida más eternamente  justa y gloriosa.

El frenesí que está imponiendo a las relaciones personales la aplicación de las nuevas tecnologías donde los sentimientos y pensamientos se expresan a través de comparecencias mediáticas o de emoticonos o palabras encarceladas en un breve twiter está provocando un vacío intelectual que nos aleja del cultivo del contacto humano y personal para solventar diferencias, estrechar lazos, reconocer esfuerzos o enriquecerse desde la diversidad de opiniones de quienes respetan la libertad del otro con mayúsculas.

 

Rita Barberá ha sido una víctima más de la cruel soledad a la que le han condenado los implacables juzgadores de quienes la utilizaron para sus inconfesables fines políticos o económicos. Su temor a ser observada desde la ventana de su vida con desprecio y sin piedad, hizo que su corazón se detuviera para que como un día lo demandó, recibiera del tribunal de Dios la indulgencia, comprensión y justicia que le ha negado el tribunal de los hombres. Descanse en Paz.