El balón de Donald Trump ya ha empezado a rodar y la primera patada en la espinilla se la ha llevado la lengua madre de más de 50 millones de ciudadanos hispanoparlantes en los EEUU. Retirar el idioma español de la web de la Casa Blanca es la primera torpeza de su recién estrenada presidencia.

Algo nos recuerda esta medida, a las que en Cataluña están empeñados en imponernos los radicales nacionalistas para arrinconar el castellano. Si nos es muy difícil entender tamaño despropósito, aún lo es más comprender que se adopte en una nación, que no solo es receptora en su suelo de una rica cultura lingüística como es el español, sino que mantiene además al otro lado del Atlántico, unas relaciones muy productivas y provechosas  con España, que es cuna y fuente de esa cultura tan extendida por  todos los rincones del continente americano.

Hay una palabra que expresa con nitidez el rumbo que va a marcar durante estos primeros meses de su gobierno desde el inmenso poder que le ha otorgado el pueblo americano para los próximos cuatro años. Todo el mundo está expectante por comprobar si su verborrea electoral,  se va a traducir en actuaciones legislativas y ejecutivas propias de su estilo presidencial. La “imprevisibilidad” va a rodear las sorpresas que ya despiertan sus primeras decisiones.

Además de molestar al mundo de la hispanidad, ya ha cumplido su promesa de retirar a los Estados Unidos del Tratado Transpacífico (TPP) firmado por la Administración Obama con doce países, con Japón y Canadá entre ellos, y que representaría el 40% de la economía mundial. ¿Será una buena medida para los trabajadores americanos?¿cómo reaccionarán las multinacionales cuando esos países resulten menos atractivos para establecer allí su producción?

Su promesa de “repatriar el empleo” puede desatar una guerra comercial de imprevisibles consecuencias teniendo en cuenta que la globalización y la aplicación de las nuevas tecnologías ha reducido notablemente el volumen de industrias que cada día emplean trabajadores menos cualificados ya que la deslocalización ha arrastrado a las empresas a instalarse en países con manos de obra más barata.

No es el empleo precisamente uno de los mayores problemas de la nación norteamericana. La tasa de paro está en el 4,9% en la actualidad mientras que la Eurozona registra un 10%, Canadá un 7% y China un 4,1%. Lo que ocurre es que el nido de votos lo ha encontrado precisamente entre los trabajadores de las industrias manufactureras, descontentos por el desarraigo empresarial y por  la evolución de sus salarios que se ven disminuidos en relación con los trabajadores más cualificados.

¿Es acertada la política de repatriar empresas para encapsularlas en territorio USA y así empobrecer aún más las poblaciones de los países donde están ubicadas las multinacionales norteamericanas? ¿No tendrá como consecuencia en esos países la destrucción de empleo y su consiguiente repercusión en  la emigración?  ¿No se incrementaría la presión sobre la frontera con México por una parte y sobre las fronteras de otras partes del mundo? ¿Puede el Presidente Trump levantar un muro a la globalización? ¿Se beneficiarán a medio y largo plazo los trabajadores americanos de esta política aislacionista?

Si estas dudas surgen con los países de su entorno occidental, punto y aparte sería si optase por desatar una batalla comercial con el gigante chino. China ha pasado a ser el primer proveedor de EE.UU. con una cuota del 21,2% en el 2015. El déficit comercial para los EEUU arrojaba en ese año la cifra de 365.000 millones y aunque solo absorbía el 16% de las exportaciones chinas sin embargo es su mercado más productivo.

Un enfrentamiento con China podría llevarle a perder un mercado impresionante para productos norteamericanos como son los derivados del automóvil, aeronáuticos o incluso la telefonía móvil. ¿Se lo agradecerían desde luego los trabajadores de esas industrias y las propias empresas implicadas.? Se abre un horizonte muy interesante para ver donde quedan todas sus promesas electorales de “americanizar” las empresas y el empleo con todos los efectos colaterales que ello produciría a escala mundial.

La “imprevisibilidad” de sus decisiones alcanza también al terreno donde sus contradicciones son más palpables. Se ha presentado ante la sociedad americana como el salvador de los excluidos. No parece frecuentar la Iglesia pero es abierto defensor de cuestiones que son de una gran sensibilidad para la Iglesia Católica: “Soy, y seguiré siendo próvida: Defenderé vuestras libertades religiosas,” anunció en una carta a los líderes católicos.

Pero sin embargo se desmarca de otras que son igualmente sensibles también para el mundo católico como son la inmigración, la lucha contra el cambio climático, la pobreza o la limitación de armas. Ya se retrató cuando intentó polemizar con el Papa Francisco a cuento de sus declaraciones sobre la inmigración. Se mueve pues, entre el aplauso y el recelo de los votantes católicos a los que dirigió su discurso electoral.

Como dijo su antecesor Abraham Lincoln:  “El lazo más fuerte de simpatía humana debería ser unir a las personas de todas las naciones y todas las lenguas”. Por ahora la simpatía no parece ser su virtud más practicada.

Publicado en el Diario Sur 26/1/2017