Si el gobierno filocomunista que padecemos, es hoy motivo de gran preocupación para la mayoría de los españoles por su inquietante forma de gestionar los graves problemas que nos acucian, no  lo es menos el desconcierto que produce una oposición que no es capaz de articular un discurso que satisfaga y aúne las voluntades de quienes aspiramos a un cambio en la dirección de nuestros intereses comunes.

No reconocer que estamos ante una nueva generación política que ha optado por una evolución rupturista con el pasado más reciente de la historia de España en el plano político, social y cultural sería una visión miope de la realidad y agudizaría aún más la quiebra generacional que se advierte en el devenir de nuestra sociedad actual.

Los que ayer vivimos bajo la cruel amenaza del terrorismo y sufrimos el terrible zarpazo de su mano asesina hemos de aceptar que, ni siquiera en el territorio donde se gestó, su recuerdo e invocación  produce ya ningún efecto de reclamo electoral. La educación de nuevas generaciones en el olvido o incluso la justificación de esa violencia criminal hace indiferente su memoria.

Durante más de cuarenta años nuestra Constitución y la Corona han sido los garantes de la “indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles…”. La evidencia de que en dos partes de nuestra nación, País Vasco y Cataluña, hace muy difícil mantener estos principios programáticos  exige una profunda reflexión en la exploración de nuevas fórmulas de engarce territorial a un proyecto común de convivencia pacífica. De nuevo, la educación en estos territorios ha alejado aun mas a las nuevas generaciones del espíritu de unidad nacional que animó a los padres de la Constitución.

Se impone un “aggiornamiento” del Titulo VIII de la Carta Magna, toda vez que esta plaga del siglo XXI que serpentea por el mundo con  el insólito nombre de Covid-19, nos ha alcanzado de lleno y ha dejado al descubierto las debilidades y carencias de nuestra organización territorial como Estado. A la escalada que supone el peso del sector público en el PIB (51,5%) según las previsiones del Gobierno, se ha comprobado su ineficacia para armonizar y coordinar una estrategia común con las CCAA con el objeto de hacer frente a las graves consecuencias de la pandemia, especialmente en aquellos ámbitos cuya competencia les ha sido transferida, como son la sanidad y educación.

La palabra “desconcierto” se ha generalizado en España entre los profesionales de la salud, los centros hospitalarios y educativos, los padres de los alumnos, los profesores  y los propios  ciudadanos de a pie atemorizados ante la lluvia de prohibiciones más o menos rígidas según el pueblo, la ciudad, provincia o CCAA donde residan. La amenaza de un confinamiento sobrevuela un día si y el otro también sobre las cabezas de quienes aún padecemos las secuelas del primero y más aún sobre quienes son el motor de nuestra economía: empresarios y trabajadores.

La apelación del “surfista” Fernando Simón, en nombre del Gobierno, a los “influencers” para suplir la falta de autoridad sobre los jóvenes en la obligación de mantener el distanciamiento social o la movilización de tres millones de personas a través de las redes sociales por parte del excéntrico y alucinado Miguel Bosé para oponerse al uso de las mascarillas sin más argumento que el de su cuasi posesa imagen, encienden todas las “luces rojas” de una sociedad que está siendo dominada por la influencia obscena de la mentira propagada por quienes la utilizan para recortar las libertades, dominar las mentes y doblegar las voluntades…

Una última reflexión al hilo de las declaraciones que ha realizado la ex -portavoz del PP en el Congreso, Cayetana Álvarez de Toledo, curiosamente en los aledaños de su sede parlamentaria. La última razón de su destitución (para mí la que tiene un mayor peso y contenido ideológico y político) fue la renuncia del partido a la llamada “guerra cultural”. Temas como el aborto, el matrimonio de los homosexuales, la cultura LGTBI o incluso el divorcio, deben ser apartados de la agenda del partido para aproximarse más al denominado centrismo puro y duro y alejarse de la posición tradicional de centro derecha que quedaba consagrada en los principios y valores que siempre se han defendido y proclamado en sus diferentes congresos; por hacer una comparación que entiendo puede ser clarificadora:

¿Está más cerca hoy el partido popular del partido demócrata norteamericano que del republicano?, la respuesta no es baladí porque en caso afirmativo su enganche estaría más cerca de la socialdemocracia que la de un partido conservador. Como se suele decir. prefiero dejar esta espinosa cuestión en la mesa para que cada cual reflexione sobre si, por ejemplo, hoy existe un espacio en el mapa político español como es el del conservador moderado, dialogante  y amante de la verdadera libertad no solo en principios y valores sino en cuestiones económicas y sociales,  que ha quedado vacío o huérfano.

Quienes deseamos una  España fuerte, unida y competitiva en este mundo digitalizado y sin barreras desearíamos que esta nueva clase política aspirara a defender con todo vigor la libertad y el bienestar que les han transmitido generaciones anteriores : “Si queremos un futuro mejor, debemos reaprender una verdad fundamental: nuestra libertad y nuestra felicidad dependen de que mantengamos una cultura pública en que la libertad y el civismo coexistan, en la que se puede disentir radicalmente con otra persona sin convertirte en su enemigo mortal” (Declaración de Filadelfia). Esta es la batalla en la que individual y colectivamente deberíamos implicarnos.