EL BOTELLON

Si algo desconcierta y deprime a nuestros jóvenes es la incapacidad de nuestra sociedad para dar cauce a las inquietudes, rebeldías y preocupaciones que forman parte de su esencia vital.

Resulta descorazonador el lamentable espectáculo que se está dando desde las instancias públicas para “reubicarlos” en calles, plazas o espacios abiertos con el fin de que puedan “emborracharse” a tope los fines de semana sin molestar al vecindario, de tal forma que quedando “enjaulados” satisfagan así el derecho a “divertirse” como les venga en gana aunque sea a costa de arriesgar, entre otras cosas no menos importantes, su propia salud.

Pretender, como hoy se quiere hacer desde la mayoría de los poderes públicos, dar respuesta solo a través de la ley a problemas sociales relevantes como pueden ser el inquietante elevado consumo de alcohol entre nuestros jóvenes o la violencia llamada de género, sin ahondar o profundizar en las causas primigenias que motivan conductas tan peligrosamente desordenadas, es el reflejo fiel de querer permanecer en la superficie del problema para evitar así el compromiso de tener que afrontar cambios en la ordenación de valores que soportan la sociedad a la que dicen servir.

Calificar a la juventud, como hoy hace un sector de la sociedad, de ser vacía, frívola e irresponsable por haber elegido el modelo de ocio sustentado en el “botellón de fin de semana” es además un cínico ejercicio de no aceptar la responsabilidad por la incapacidad demostrada desde la sociedad misma y sus autoridades para “educar” y “formar” a nuestros jóvenes en opciones y valores que permitan desarrollar el potencial de su personalidad en ambientes sanos y saludables para ellos y los demás.

El papanatismo de pretender una respuesta positiva solamente desde la prohibición, la sanción a la amenaza legal es quedarse en aplicar solamente la cirugía a problemas que requieren políticas preventivas, impulsadas y desarrolladas desde temprana edad en el seno de familias “estables” conjuntamente con los centros de enseñanza cuyo papel educador y formativo es esencial.

Si un ó una joven desde los doce o trece años, consume alcohol, fuma porros y ha tenido ya su primera relación sexual no pretenderemos que a sus 19 ó 20 años resulte especialmente atraído/a por el arte, el estudio, el deporte o unas relaciones de compromiso a largo plazo para conformar una familia “normal” con persona de otro sexo y crear, criar y educar a sus hijos

Quejarse de la violencia doméstica que hoy azota sin piedad a menores, mujeres e incluso ancianos, quejarse también de las trágicas muertes que diariamente asolan nuestras carreteras, especialmente las de los jóvenes que truncan sus vidas o las de los demás posiblemente después de una larga noche de “botellón” o presenciar el dolor y la tragedia que por el consumo y tráfico de droga padecen tantas familias es simplemente constatar un hecho.

Lo realmente relevante e importante es aceptar que la desestructuración familiar, el consumo y despilfarro de bienes y dinero o la corrupción personal y colectiva de conductas y costumbres pueden ser la causa y el origen de las frustraciones y peligros a los que hoy se ven sometidos nuestros jóvenes.

De aquí la importancia en “comprometerse” para adoptar decisiones con el fin de modificar un modelo social, que como el actual, está haciendo “aguas” en lo más trascendental para una sociedad: la recuperación de lazos permanentes y duraderos entre los miembros de una misma familia ( la mejor escuela del ser humano), la educación responsable en el ejercicio de las obligaciones y de los derechos y libertades de cada individuo y una promoción” agresiva” del deporte, la cultura y el arte desde los más tiernos años de la infancia y la “implicación” real de nuestros jóvenes en el desarrollo de nuestra sociedad ofreciéndoles un futuro ilusionante desde el punto de vista laboral y social.

La proliferación aún de los contratos basuras y el empleo precario cuando las grandes empresas “presumen” de beneficios casi escandalosos o el aberrante ejemplo que están ofreciendo los inmorales enriquecimientos de algunos cargos públicos, funcionarios o empresarios como consecuencia de las prácticas abusivas y corruptas en la administración de bienes y dineros públicos provocan el hastío y la indiferencia más absoluta entre nuestros jóvenes hacia todo lo que sea ejercicio de cargo o autoridad pública y no les falta razón.

Decía Quevedo que “lo que en la juventud se aprende toda la vida dura…”, conviene pues que les enseñemos hoy aquello de lo que en su futura ancianidad no puedan arrepentirse de haber aprendido.

Jorge Hernández Mollar

Ex Diputado al Parlamento Europeo.