Y es que, junto a la crisis social y económica, el momento actual “está marcado también por un debilitamiento de la esperanza, por una cierta desconfianza en las relaciones humanas, de modo que crecen los signos de resignación, de agresividad, de desesperación”. Son palabras de Benedicto XVI con ocasión de una audiencia a artistas del mundo del cine, del canto, de la arquitectura…

Esta reflexión sobre la esperanza viene al hilo de la trágica muerte de Miguel Blesa, un hombre víctima de su propia debilidad fraguada por la tela de araña de la que fue prisionero al afrontar una responsabilidad empresarial para la que posiblemente no tuviera ni las cualidades ni la formación necesarias. Es evidente que asumió arriesgadas decisiones que le llevaron a enfrentarse a una condena penal, con las graves consecuencias que eso tenía para su libertad y descrédito personal.

Estos últimos años de la vida española han puesto de relieve la fragilidad de una sociedad que desde sus diferentes instituciones públicas o privadas ha reflejado el debilitamiento de los valores humanos y morales en los que tradicionalmente se asentaba o al menos parecía asentarse En no pocas ocasiones el amiguismo y no el prestigio personal y profesional, ha sido el patrón que ha primado a la hora de designar a personas que debían desempeñar puestos de máximo nivel o responsabilidad. Esta servidumbre, la financiación de los partidos y la inadecuada formación, unida a una codicia desordenada de algunos líderes y dirigentes, han sido, sin duda, el detonante de la corrupción que hoy sufrimos en los distintos ámbitos de nuestra sociedad.

No hay sector de ella que no se vea afectada por esta ola de debilitamiento de la esperanza o de desconfianza en las relaciones personales y colectivas a las que hacía referencia el Papa emérito. Desde la propia familia, la incertidumbre de gobierno, pasando por el revuelto mundo de las finanzas o, el vértigo escandaloso que producen los cientos de millones de euros en el llamado “deporte reina”, que engordan descontrolada y vergonzantemente los bolsillos de algunos de sus dirigentes, conforman un espectáculo donde todo parece haber entrado en un clima de resignación o desesperanza que puede ser letal para el futuro de nuestra convivencia.

Pero como dice nuestro refranero “mientras hay vida hay esperanza” y la vida misma ofrece innumerables posibilidades y oportunidades para enfrentarse a este cierto caos y desencanto que hoy invade las entrañas de nuestro cuerpo social. Hay ejemplos extraordinarios que invitan al optimismo a lo largo de la historia de la humanidad : desde Demóstenes, el más brillante de los oradores griegos que fue un niño huérfano y tartamudo con dislalia y muy poca voz, o Beethoven que compuso la Quinta Sinfonía casi sordo, hasta Dante que escribió la Divina Comedia en el destierro y la pobreza o nuestro inmortal Miguel de Cervantes que supo sobreponerse a la pobreza y a la cárcel, a las humillaciones y a la infamia para escribir la mejor novela del mundo.

Sus desgracias personales o limitaciones físicas no les llevaron a la desesperación, todo lo contrario, con esfuerzo y voluntad desarrollaron los enormes potenciales intelectuales y artísticos de los que estaban dotados. En España, la cultura del esfuerzo, por el contrario, tropieza desde hace décadas, con un síndrome lúdico y frivolón que es reacio a esa exigencia. Si para los partidos hoy solo somos votantes y no personas, para la economía capitalista imperante solo somos consumidores, a ser posible consumidos por el consumo, y cuanto antes.

De ahí la importancia absoluta de la buena educación, pues lo que está en juego es la persona: su conducta lógica o patológica en el futuro, su vida lograda o malograda. Cervantes glosaba de esta manera a los profesores del colegio donde estudió: “Consideraba cómo los reñían con suavidad, los castigaban con misericordia, los animaban con ejemplos y los sobrellevaban con cordura, y, finalmente, cómo les pintaban la fealdad y horror de los vicios, y les dibujaban la hermosura de las virtudes, para que, aborrecidos ellos y amadas ellas, consiguiesen el fin para que fueron criados”.

Alejarles del vicio y acercarles a la virtud debe ser el caballo de batalla de los educadores para que nuestros jóvenes sepan elegir en el futuro entre ser personas que valoren el esfuerzo y el trabajo para alcanzar honestamente sus metas y ambiciones o por el contrario malogren con un espíritu débil y superficial el maravilloso don de la vida que, a pesar de que algunos se resistan o no quieran admitirlo, Dios nos ha regalado.