Una cruel e inesperada muerte ha segado sin piedad dos vidas: la de un ciudadano normal, Carlos, fallecido trágicamente en la carretera y la de un ser vivo con más de veintitrés semanas de gestación, sin nombre aún, arrancado brutalmente del vientre de su madre a causa, al parecer, de un grave error o negligencia profesional.
Un afamado torero, Ortega Cano,  acostumbrado a la espada y la sangre del toro, cambió su traje de luces por el negro luto de un trágico encuentro con la muerte. No era el matador actor y artista, era el hombre a secas, que en la carretera, dejó sin vida a un ser humano, a un hombre, a una persona. Muy cara pagará su fama porque la vida de un hombre, al contrario de la del toro, es de un valor infinito, no tiene precio…, es, sin duda, su faena más dramática.
Sin el griterío de la plaza, con el silencio y el desgarro de esa injusticia, quedó tendido en el asfalto Carlos Parra, padre de familia, trabajador, con casi 50 años de vida. Su mujer y sus hijos no están en las televisiones, no dan ruedas de prensa, no son famosos, no imploran piedad ni lástima…son gente sencilla, modesta que vivían del sudor y lágrimas de un padre que hoy ya no existe, que no les acompañará más.
Solo Dios, a quien invocó el propio Ortega Cano, es capaz de compensar el fatal fallecimiento de Carlos y solo la justicia humana puede reponer el daño físico y moral  que a esa familia ha propiciado. la imprudencia de un torero que ha cerrado para siempre y con dolor sus tardes de gloria y aplausos.
Pero si este triste episodio zarandea nuestros sentimientos humanos, otra muerte, otra víctima inocente, ha pasado casi de puntillas por la vida. No interesa la noticia ni su difusión. En un Hospital de Sevilla, ha ocurrido un suceso espeluznante. Un grave “error o negligencia” profesional  propició un aborto por malformaciones a un ser vivo de 23 semanas,  que resultó estar completamente sano, según una carta que recibió su madre, enviada después del aborto,  desde el propio Hospital Virgen de la Victoria.
No tenía nombre aún, le han impedido ser persona, le han prohibido vivir cuando ya solo esperaba nacer a la luz. Su madre ansiaba el parto, como cualquier madre normal y alguien le indujo a una tremenda equivocación. La muerte de Carlos fue en la carretera, la del feto en avanzada gestación, en el quirófano. A Carlos lo mató la imprudencia temeraria de un hombre lastrado ya para toda su vida; al ser vivo, a punto ya de ser persona, una legislación permisiva que facilita la ”interrupción del embarazo” , causando un dolor y daños irreparables a sus padres y a la misma sociedad.
 Esclarecer esta muerte y exigir responsabilidades no es solo función del Defensor del Paciente. Es toda la sociedad quien debe defenderse de quienes se han apropiado de la vida, de quienes una y otra vez atacan los fundamentos de la creación y existencia de los seres humanos. El aborto no es solo una cuestión moral o religiosa. Eso lo dicen quienes quieren echar tierra  sobre la verdadera raíz del problema. Es un ataque contra la naturaleza, la inteligencia y los fundamentos biológicos del ser humano, el ser más perfecto de la creación.
Tener derecho a vivir no es una graciosa concesión de una madre y menos aún del Estado. No solo se engendra un ser humano por un acto de voluntad de quien lo desea. La vida del feto depende de la madre pero es independiente de ella. Es el ser más indefenso del mundo, se desarrolla y alimenta en el seno materno y en ese peregrinar tiene que ser defendido por quien naturalmente lo ha concebido y por la sociedad que a través del Estado le corresponde su tutela jurídica.
Estos trágicos sucesos que he querido comentar son también manifestación de una grave crisis cultural. En el caso de Carlos Parra, lo relevante no parece ser la víctima, el dolor de la familia. Lo que se está resaltando, precisamente desde los medios de comunicación, es la triste figura de un hombre acabado, abatido en su propia desgracia, seguramente para excitar la compasión de quienes tienen el poco pudor de recibirle con aplausos a la salida del centro hospitalario, una lamentable imagen.
Por el contrario a quien se oculta, de quien nadie quiere ocuparse, es de la otra víctima inocente, indefensa ante un gravísimo error médico, un ser vivo  de casi seis meses, concebido y no nacido, que según los documentos aportados por el Defensor del Paciente, ha sido cruelmente arrancado del vientre de su madre.
El magistrado Carlos Casini, del que fui compañero en el Parlamento Europeo y presidente del movimiento próvida italiano hizo la recomendación siguiente: “Para ganar la batalla por la vida no basta con condenar. El mensaje en defensa de la vida siempre es inseparable del lenguaje del amor”.  Ochocientos millones de muertos que ha provocado en el mundo la legalización del aborto merecen luchar por este cambio cultural.
Jorge Hernández Mollar
Ex parlamentario nacional y europeo PP