Toda la vida de Don Javier Echevarría, fallecido en Roma el pasado 12 de Diciembre, ha sido  fiel reflejo de una excepcional conjunción de fidelidad y lealtad a una especial gracia sobrenatural que la fraguó a la sombra de dos hombres excepcionales como lo fueron San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei y el Beato Álvaro del Portillo, su primer sucesor y Prelado.

Salvador Bernal, periodista que trabajó durante un largo tiempo a su lado, expuso en Diario 16 en un artículo  del 22 de Abril de 1994 algunas características destacables de su personalidad: “ conjugaba  la reciedumbre y fortaleza con el cariño y la amabilidad, la fuerza de de su voluntad con la afabilidad en el trato, al apasionamiento ante los derechos de Dios con la comprensión más cordial de las personas, la seriedad en las tareas de gobierno con abundantes rasgos de simpatía y buen humor”.

Algunos de estos rasgos especialmente su afabilidad, simpatía y buen humor tuve el privilegio de poder constatarlo personalmente en una audiencia que tuve ocasión de disfrutar en su residencia de Bruno Buozzi en Roma aprovechando una visita que los diputados del Grupo Parlamentario Popular Europeo hicimos al Vaticano para ser recibidos por San Juan Pablo II con ocasión del cuarenta aniversario del Tratado de Roma en Marzo de 1997.

Sus palabras llenas de cariño y cercanía expresaban su preocupación por la descristianización de la sociedad y el importante papel que nos tocaba desempeñar a los que nos dedicábamos a la vida política:  “los políticos podéis y debéis trabajar con honradez para hacer un gran bien a la sociedad y a España” me dijo.

Eran tres sus preocupaciones de las que hablaba con mucha frecuencia en sus tertulias y encuentros: la familia, la juventud y la evangelización del mundo de la cultura que consideraba primordiales en la acción apostólica de la Prelatura. Buen conocedor de los retos a los que se tiene que enfrentar nuestra juventud aconsejaba algunos puntos concretos sobre los que trabajar: “ continuar promoviendo entre los jóvenes acciones de solidaridad, fomentando una sensibilidad que les encienda la ilusión de colaborar en la solución cristianas de las injusticias y de construir entre todos un mundo más limpio, más humano.”

Don Fernando Ocariz, vicario auxiliar y general del Opus Dei ha descrito con precisión cuáles eran los pilares de su fidelidad: “ La cosa más evidente es que ha estado durante tantísimos años viviendo con dos santos: con San Josemaría y con el beato Álvaro. Eso le ha dejado también una impronta en su formación y en su espíritu muy fuerte, que se manifiesta por una parte en el empeño de fidelidad grande, en ser muy fiel al espíritu del Opus Dei recibido directísimamente de la fuente. Con una fidelidad, por otra parte, que nunca ha entendido –como no es- una simple repetición, sino que es un empeño por mantener invariable el fundamento, la sustancia, y luego en lo que es mudable, acomodarse –el modo de hacer las cosas, etcétera-, manteniendo el espíritu intocable. Esa es una fidelidad, una mente, que ha tenido constantemente.”

Su desbordante humanidad lo mismo se manifestaba en los fervientes deseos de paz: el hombre recibe este don de Dios cuando lo busca, no solo con palabras, sino con obras; cuando lo persigue primero en sí mismo, luego con los demás, como en las necesidades materiales, y así lo expresaba en su reciente carta pastoral de Navidad: No dejéis de acordaros en estos días de la gente sola o que pasa necesidades, y a quienes podemos ayudar de un modo u otro, conscientes de que los primeros beneficiados somos nosotros mismos.

No era tampoco ajeno al dolor humano ni al sufrimiento derivado de una enfermedad, una catástrofe o de la misma violencia que hoy asola algunas partes del mundo: La vida humana, con todo lo que supone de afirmación, posesión y alegría, aparece sin embargo marcada por la sombra de la muerte…desde esta perspectiva, el arte de vivir consiste en saber componer alegrías y tristezas, sin dejarse abatir por unas ni exaltarse excesivamente por las otras.

Su espíritu apostólico y su lealtad al legado del Fundador del Opus Dei, le llevó a continuar la ingente expansión de la prelatura por 16 países, entre otros Rusia, Kazajistán, Sudáfrica, Indonesia o Siri Lanka y viajó a los cinco continentes, trabajando y pidiendo hasta la extenuación por la Iglesia, la fidelidad y la unión con el Papa, al mismo tiempo que alentaba la puesta en marcha de numerosas iniciativas a favor de inmigrantes, enfermos y marginados hasta su último aliento que suspiró junto a la Virgen de Guadalupe.