De esta manera  se puede definir hoy el status de millones de españoles que sienten su despertar y amanecer diario como  un ejercicio bélico contra las contrariedades y amenazas que se ciernen sobre sus cabezas desde los diversos frentes que le acechan.
En el ámbito doméstico existe como una especie de conjura para que los salarios, además de menguar y verse recortados, se agoten cuando todavía no se llega a la siguiente remesa. La visita semanal o quincenal a los abuelos ha pasado ya en muchos hogares a convertirse en una estancia permanente y diaria como el refugio más seguro para la subsistencia más primaria.
Emanciparse o independizarse del hogar familiar ha pasado de ser un deseo o casi un objetivo a una voluntaria u obligada renuncia como una  nueva forma de combatir el vértigo de la inactividad laboral, la frustración de un futuro incierto y en muchas ocasiones un complemento seguro de unas insuficientes o exiguas retribuciones.
El torbellino que se cierne sobre el mundo laboral está produciendo un evidente desasosiego en el seno de millones de familias españolas. Los empleos devienen inestables y la inseguridad se convierte en el sentimiento de  tribulación que origina en los asalariados palabras como ERE, reducción de jornada, reducción de sueldos, jubilación anticipada, despidos etc.
Pero aún hay más. En el intrincado mundo de la política, los intereses electorales y la crítica situación financiera propiciada entre otras causas, por una irresponsable y pésima gestión de los recursos públicos, está provocando una deplorable actitud de los dirigentes nacionalistas  que esparcen sentimientos de confusión y  rebeldía con el único y exclusivo objeto de convulsionar la estabilidad nacional y así ganar adeptos para la causa independentista.
Cuando el silencio de ETA parece que  al menos permite abrigar tímidas esperanzas de un período de normalidad en el País Vasco, eso sí, a un precio demasiado elevado, Cataluña, en manos ahora de mesiánicos líderes del Medievo, pretenden que se convierta en las antípodas de un nuevo mundo sin fronteras y sin barreras idiomáticas, culturales, políticas o sociales.
Pero España ni se rinde ni se rendirá al desánimo ni la desesperanza. Somos una nación rica y configurada secularmente desde su propia historia a través de luchas, guerras, derrotas, victorias, conquistas, imperios o invasiones. De aquí que nuestra lengua española sea la expresión viva de un crisol de culturas que se extiende entre más de cuatrocientas cincuenta millones de personas en todo el mundo.
Debilitar nuestra lengua común o renunciar a su estudio y expansión en nuestra propia nación es una aberración que nos acarrearía un costo inimaginable a nuestro desarrollo y prestigio en el mundo. Somos un pueblo orgulloso, vitalista, dinámico y capaz de alcanzar las más altas cotas de éxitos a nivel mundial en la cultura, la investigación, las artes o el deporte.
Es tiempo de tribulaciones, sí, y de ansiedades pero también lo es de exigencia, de solidaridad y de laboriosidad. Un impago de una hipoteca no se merece un suicidio como una infidelidad un crimen. Afanémonos  todos en cumplir con nuestras obligaciones y abandonemos esa obsesión por el consumo desmedido, el gasto disparatado o la opulencia sin límites. La austeridad no se impone, se asimila en el ambiente de la familia, en la escuela o en los hábitos y costumbres sociales.
Ha llegado la hora de caminar juntos, como lo hicimos en aquella etapa histórica para nuestra nación, que fue la transición. El nexo de unión entra nuestra vida privada y pública es determinante. España es y será lo que cada uno de nosotros hagamos individual y colectivamente. De la tribulación y la ansiedad a la confianza y  la esperanza solo hay un paso, el que demos para creer en nuestro destino y fortaleza.