Recientemente el presidente del Congreso, José Bono, “regañó” al Ministro de Industria por aparecer en el salón plenario sin corbata. Con su peculiar y ostentoso verbo, el Presidente señalaba a los ujieres como figura ejemplar del decoro que se debe observar en la Cámara. Si a éstos –más o menos vino a decir- se les obliga a acudir diariamente a sus trabajos perfectamente uniformados, a un diputado o ministro  se entiende que no hay razón para eximirles del obligado respeto que representa el uso de la corbata.

 La polémica continúa como consecuencia de la presencia de un diputado en su despacho ataviado con bermudas, polo y sandalias, lo que ha provocado  la lógica protesta de los ujieres que se sienten discriminados por las directrices que sobre vestimenta dictó el presidente Bono. Hay que hacer notar que estas normas  son también aplicables a cualquier visitante que pretenda acceder a las instalaciones del Congreso de los Diputados.
Pero la cuestión no se circunscribe al palacio congresual. En las oficinas de las administraciones públicas también ha saltado la alarma sobre el uso de las bermudas. La junta de personal de la Administración General del Estado de Málaga, abordó el asunto y en una reunión lo recogió en estos términos: “Se recuerda a los responsables de los centros de trabajo que los funcionarios pueden portar bermudas cuando acudan al trabajo y que la prohibición verbal en ese sentido conculcaría derechos fundamentales como la igualdad o la propia imagen” (sic).
Échese Bono a temblar, porque resultaría discriminatorio que los funcionarios públicos puedan acceder a las sedes de las diferentes administraciones en bermudas y sin embargo a los funcionarios de las Cortes se les impidiera tal cosa. Naturalmente quien dice que puede personarse de tal atuendo, puede también referirlo a un chándal, pantalones cortos o cualquier otro tipo de ropaje. Estemos atentos pues, a los plenos televisados, para tomar buena nota de la cara del Sr Bono cuando el ujier de turno, le acerque un vaso de agua o le retire el sillón presidencial con sus bermudas azules con rayas doradas…
Lo absurdo de todo esto es argumentar, además, que como las señoras llevan sandalias, faldas o pantalones, los hombres, en virtud del igualitarismo progresista, pueden revestirse también del mismo ropaje. Es decir ¿qué impediría a una persona del género masculino acudir en faldas y chanclas a su trabajo? ¿Qué le impediría también sustituir las bermudas por un pantalón corto? ¿Por qué no llevar en lugar de una camisa, una camiseta del club de fútbol o de baloncesto de su alma? ¿Por qué no ir descalzo en lugar de con zapatos o sandalias…?
Cuando se llega a estos extremos, es que algo funciona disparatadamente mal en nuestra sociedad y ese algo no es más que el llamado “sentido común”. Si uno se reviste de chaqueta y corbata o de las mejores galas femeninas  para acudir a una boda, a una feria, a los toros o a una gala de cine, ¿por qué ese empecinamiento en no darle el mismo crédito y respeto al trabajo que diariamente tenemos que desempeñar en lugares públicos? ¿Es que acaso es lo mismo acudir a una oficina que a un bar de copas, a una piscina o a  una playa…?
No se trata de una corbata o a una chaqueta o unas faldas…se trata de urbanidad, respeto,  normalidad. La sociedad tiene sus costumbres y reglas de juego que son mutantes en función de modas, avances tecnológicos o estilos de vida. Pero lo que no se puede perder son las referencias de nuestros hábitos y conductas. Decir, por ejemplo, que  no llevar corbata a una sesión del Congreso, se justifica por el ahorro energético es una chorrada. Más le valdría al ministro Miguel Sebastián controlar el excesivo consumo de energía en la propia administración de la que es responsable.
En Filipinas no se viste igual que en Marruecos; en la India la vestimenta difiere de la de Europa, o en China no se tienen las mismas costumbres que en EEUU. Pero en general  se viste en función del lugar, circunstancias y modas que rodean las diferentes actividades y actos sociales. Acudir a una iglesia o templo, sea de la religión que sea, no es lo mismo que asistir a un  campo de deportes. El trabajo diario requiere una sobriedad natural en la ropa y en el vestir que difiere de los lugares de ocio o esparcimiento.
No es por tanto una cuestión baladí. No son necesarias las reglas escritas cuando el sentido común, el respeto y la naturalidad conforman nuestras conductas para hacer la vida más amable y agradable a los demás. Ocúpense sus señorías y miembros del gobierno, a resolver los graves problemas que nos agobian a los españoles y vístanse como el decoro y las buenas costumbres exigen, pero en estos momentos, chorradas, por favor, las precisas…
Jorge Hernández Mollar
Ex  parlamentario PP