¿A QUE JUEGA ESPAÑA?

Cada día que pasa es más incomprensible lo que está ocurriendo en España. Quienes hemos tenido la responsabilidad de haber trabajado en la esfera internacional, como en mi caso lo hice en el Parlamento europeo, no podemos cuanto menos que sentir una especie de vértigo ante las decisiones que nuestro Gobierno está tomando en asuntos que afectan muy directamente a nuestro prestigio internacional
Nuestra precipitada y “ruidosa” salida del conflicto de Irak, nos enfrentó abiertamente a los EEUU y nos ha dejado en una situación de gran precariedad en la vertiente atlántica de nuestra política exterior, Si a ello le añadimos los desmedidos y teatrales abrazos con personajes de la catadura de Castro, Chávez o el “recién nacido” Evo Morales es fácil comprender que nuestro papel en Latinoamérica ha pasado de la categoría de primer actor a la de mero comparsa.
No menos preocupante es el rol que hemos dejado de desempeñar en la región euro mediterránea. Desde los Gobiernos de Felipe González a los de José María Aznar habíamos logrado ejercer un importante liderazgo entre los países del sur. Es indudable que ello había despertado grandes recelos entre los Estados de la Unión que tutelaban esta importante zona geográfica del mundo. Alemania, Gran Bretaña y especialmente Francia se sentían muy incómodas de nuestra intromisión e influencia cerca de los países árabes.
Desde el 13M se ha producido un giro copernicano en nuestra política mediterránea. La reciente Cumbre de Barcelona ha pasado sin pena ni gloria; nuestros “excesos” con Mohamed VI son muy del agrado de Francia que recupera su padrinazgo; nuestro silencio en los acontecimientos de Oriente Medio nos han hecho perder cualquier autoridad en aquel escenario y nuestra interlocución entre los propios países árabes y de éstos con la Unión Europea ha dejado desgraciadamente de interesar.
Pero quizás, donde más se está resintiendo nuestro prestigio es en el conjunto de la Unión Europea. En mis dos legislaturas parlamentarias he tenido la ocasión de participar en numerosos encuentros internacionales representado minúscula y modestamente pero con mucho orgullo los intereses de España y de Europa. Tanto durante la etapa del gobierno socialista como en la del partido popular al que me honro en pertenecer, el ser español te fortalecía y te daba una cierta preponderancia cuando siendo miembro de una Delegación parlamentaria se visitaban países tan interesantes para España como son todos los del arco mediterráneo o los del continente americano, incluido naturalmente EEUU.
En el contexto europeo, España, además de liderar los Estados ribereños del mediterráneo, abanderó durante la etapa del Gobierno Aznar el crecimiento en el empleo, la lucha contra el crimen organizado y el terrorismo, las políticas comunes de inmigración, la liberalización del transporte y de las comunicaciones y las políticas de cooperación al desarrollo en los países de nuestro entorno geográfico.
A lo largo de estos años la presencia de nuestros gobiernos a nivel de Presidentes o de Ministros en las instituciones europeas ha sido una constante, unos y otros han cuidado especialmente las “relaciones personales” con sus homólogos europeos en función de simpatías personales o de los propios intereses nacionales.
Hoy todo esto parece haberse derrumbado como un castillo de naipes. La política doméstica está consumiendo de tal forma a nuestro Gobierno que se está produciendo un peligrosísimo aislamiento en la esfera internacional. Resulta paradójico que mientras que la Unión Europea derriba fronteras y recibe soberanía de sus Estados como ha sido la monetaria, abre los mercados de capitales y servicios, propone la reducción de lenguas para una mayor integración y comprensión de la ciudadanía europea y propugna la libre circulación de personas para incorporarse a un impresionante mercado laboral, España vaya en dirección contraria.
Véase sino lo que está ocurriendo: Se cuestiona la organización territorial del Estado y el concepto mismo de Nación, se fronteriza la cultura y la lengua y se establecen barreras idiomáticas que impedirán la libre circulación de trabajadores públicos o de empresas privadas y para colmo incluso se pretende sustraer por algunas CCAA como Cataluña o País Vasco, parte de la soberanía nacional en abierta contradicción con el proyecto supranacional europeo.
El nuevo culebrón de la OPA de Gas Natural puede tener unos efectos perversos de cara a nuestra credibilidad y confianza internacional. Desafiar a Bruselas supone además de un desgaste en nuestro crédito empresarial y político en Europa, correr el riesgo de una condena del Tribunal de Justicia con las consecuencias económicas que eso puede tener para todos los españoles.
Se necesita una reflexión serena y responsable dentro del Gobierno y del Partido Socialista para propiciar un cambio de rumbo. El Partido Popular, por otra parte, debe cooperar desde la responsabilidad que le incumbe, para seguir insistiendo en la necesidad de un gran pacto nacional frente a la insaciabilidad independentista y disgregadora de los partidos nacionalistas sin dejar de ejercer con firmeza y lealtad la oposición que como indudable alternativa de gobierno que es, le corresponde

Jorge Hernández Mollar
Ex Diputado del PP al Parlamento Europeo