De nuevo las urnas
Una vez más los españoles vamos a ser requeridos para pronunciarnos en las urnas después ya de tres procesos electorales en un corto período de tiempo: europeas, autonómicas en Andalucía y municipales.
 
La sociedad española, de esta primera mitad del siglo XXI, difiere profundamente de la que se enfrentó a una etapa de gran impacto nacional e internacional. Etapa muy señalada, como fué la de nuestra “transición” de una dictadura a una democracia constitucional, moderna y de un gran impulso reformista en lo social, en lo económico y en lo político.
 
España, se enfrenta en estos tiempos a graves dificultades derivadas de su peculiar e histórica idiosincrasia genética: la tendencia a la exacerbación nacionalista de algunos de sus territorios como País Vasco y Cataluña, el cainismo político de su clase dirigente, el laicismo rabioso y anticlerical o el abanderamiento universal de las libertades, sin límites ni cortapisas, aunque sean ética o moralmente razonables.
 
Nadie niega ya que aquella terrible herencia que nos dejó Zapatero, al borde del caos económico y financiero más grave de nuestra democracia, se ha superado con el sacrificio y esfuerzo de millones de  familias, de trabajadores y de empresarios que hoy ya vislumbran un horizonte al menos más optimista y esperanzador.
 
Sí, ese ha sido el gran mérito del Gobierno de Rajoy, pero nadie debió advertirle que se desangraba por otros frentes. La corrupción en la que algunos dirigentes destacados del partido se habían instalado desde hace años, la inexplicable torpeza de decisiones y actitudes de algunos miembros de su Gobierno o del propio Partido o la ausencia casi total de nervio político para enfrentarse a la escalada de desafección de los votantes tradicionales del PP que, a lo largo de los últimos embates electorales, se ha venido produciendo sin solución de continuidad.
 
A pesar de ello, el pueblo español debe reflexionar sobre qué camino elegirá a partir del 20D. O escoger la peligrosa aventura de quienes ofrecen medicamentos sin recetas ni tratamiento, como los partidos de nuevo cuño o por el contrario continuar la senda de seguir creciendo en productividad, empleo y confianza.
 
Para ello, el Partido Popular, además de una cura de humildad y realismo, debe adoptar duras y valientes medidas de renovación en sus cuadros dirigentes y en sus listas electorales, abandonando las tentaciones constantes de cesarismo en sus cúpulas de poder a nivel central o regional. No es el momento de fervientes aplausos y de interesadas componendas.
 
Despreciar a su electorado más conservador tratando de captar el voto más progresista y casi libertario es uno de los grandes errores que se ha venido cometiendo. La consecuencia ha sido la consiguiente estampida, aun recuperable, hacia quienes, hoy, sin pudor alguno y en aras de la “gobernabilidad”, aceptan cualquier modelo de sociedad, tal y como sucede con los liberales demócratas británicos que, por cierto, recientemente han estado a punto de desaparecer de su Parlamento.